Las tiritas de Mafalda
Las decepciones duelen, ostras que no… por mucho tiempo que pase, por muy mayores y maduros que pensemos que somos, cuando descubrimos que alguien no es como pensábamos sino de forma muy distinta, nos duele cual puñalada trapera. Por supuesto el grado de dolor, está en función del grado del cariño y de la confianza depositada. A mas querencia, mas penita y mas rencor guardado.
No es sano mirar al pasado con ira, no es bueno llevar la cuenta de los agravios recibidos y es nefasto tener una relación mental de las ofensas recibidas por las personas cercanas, por esas que forman parte de nuestra vida como lo son las sillas, las mesas. Es posible que a alguno de ustedes esto de comparar a las gentes que queremos con sillas y mesas, les parezca cruel y superficial… pues bueno será que una es así: “cruel y superficial” a la par que demasiado susceptible pero si algo he aprendido en este ya medio siglo largo que llevo por aquí, es que unas gotas de superficialidad y de frivolidad son necesarias para seguir adelante y no vivir en estado queja perpetua. Dejen que me explique porque mientras lo hago, quizás yo misma me aclare con el cacao mental que tengo, pues a veces parece que una tiene las cosas claras y no es así por eso necesita poner orden en esta maraña de pensamientos y sentimientos que no la dejan ver con claridad. Para mi, escribir las cosas es un camino que normalmente me saca de la oscuridad y me lleva a la luz, es mi particular hilo de Ariadna. Ya sé que en esto no soy nada original, que esta metáfora está la mar de usada pero eso será por su utilidad, así que una… pues eso que cuando anda hecha trizas, cuando no ve nada claro y cuando se pierde, se busca un rincón y se pone a escribir. Una veces en unos cuadernillos cuadriculados y con una espiral: mis diarios y otras – como ahora mismo –en la pantalla de este bendito cachivache que es el ordenador.
Volvamos a las “sillas y a las mesas”. Una buena amiga mía, muerta ya, me decía cuando éramos muy jóvenes, que la mayor parte de los sufrimientos por decepción era porque nos acostumbrábamos a las personas, a tenerlas en nuestras vidas formando parte del paisaje (y por supuesto viéndolas con una lente personal), cuando estas personas desaparecían lo llevábamos fatal y es entonces cuando mi amiga Mayela (que en gloria esté) sacaba a relucir su teoría : “Mira, Carmen, -me decía toda convencida- si nos duele prescindir de una silla rota o una mesa inservible simplemente porque nos hemos acostumbrado a ella, con mas motivo eso pasa con las personas a las que también nos hemos acostumbrado… pero en mayor proporción”. O sea que es todo cuestión de costumbre y rutina. No es muy romántico el argumento pero práctico sí que lo es.
En cuanto a lo de la frivolidad y la superficialidad pues son como las tiritas de esparadrapo para el corazón, esas de las que hablaba la buena de Mafalda o también una forma como otra cualquiera de acolcharse el corazón. Ir a “corazón abierto” por la vida es tan bonito como arriesgado pero en estas cosas cada cual es muy libre de salir al campo de batalla cómo mas le plazca. Yo confieso que muy tarde he aprendido la teoría del “acolchamiento” pero en la practica me las siguen dando en ambos carrillos, tonta que es una pero en eso mi originalidad es nula pues este mal casi se convierte en plaga.
Duele mucho llevarse un chasco. ¿Son más dolorosos los del amor?, ¿lo son los de la amistad?… humildemente creo que las primeras son más aparatosas, que casi nadie se avergüenza de llorar y patalear cuando un amor te sale mal, es como si todas las expresiones de dolor estuvieran permitidas y aceptadas cuando se cae en el pozo negro del desamor. Suelen ser dolores intensos o como tormentas que te dejan hecha una pena o como terremotos que lo arrasan todo… después el tiempo va curando esas heridas o bien aparece la mora verde que hace desaparecer la mancha de la otra.
Sin embargo las decepciones o los fracasos con los amigos son muy diferentes, no menos dolorosas, quizás hasta de dolor mucho más duradero. Siguiendo con el símil del agua se parece más a esas lluvias del norte finitas que te calan despacito, que sin que te des cuenta te empapan hasta los tuétanos y de repente te das cuanta de que estas estornudando. Yo creo que la decepción o el desencanto que te produce una amistad fallida no se cura y si bien es cierto que a un antiguo romance (al nivel que sea) sí se puede volver y olvidar lo pasado y vuelta a empezar porque la pasión y la mala cabeza son persistentes o lo es la generosidad, a un amigo por el que te sientes traicionado jamás retornas y un cierto rencor se queda por alguno de los rincones del alma. Seguramente, si no queda mas remedio, le seguirás frecuentando, tomando un café de compromiso y lo que la buena crianza imponga pero nada mas, no volverás a abrirle tu corazón, ni a depositar en sus manos tu confianza. No entro en el campo de las relaciones amistosas dentro ámbito laboral, eso lo dejo para otro día pues da para mucha tela que cortar, sólo adelantarles que, creo, mezclar ambas trae muy malos resultados, se suele estropear la amistad y el trabajo se resiente.
A mí, como imagino a ustedes que pacientemente han llegado hasta aquí, se me ha quedado en el camino más de una amistad. Son personas a las que en un momento de mi vida quise y quise mucho, confié y les di lo mejor de mi, sin esperar nada más que lo mismo (craso error), creo que las acepté como eran o me engañé pensando esto pues cuando aparecieron las piedras en el camino me llevé una sorpresa de lo mas desagradable. Tarda uno mucho tiempo en darse cuenta de que la amistad ya no es lo que era, casi siempre hay un detonante pero no es raro que sean pequeñas miserias las que un día te ponen delante del espejo la verdad de la historia. Y te llevas un berrinche, te sientes fatal pero te callas, lo rumias, te lo tragas como las lagrimas que toda decepción hace brotar. Cuando llegas a la triste conclusión de que el amigo ya no es tal, que sólo es alguien que sigue cerca pero nada mas, te lames en solitario la herida y dejas que lagrimas y mocos te manen como una fuente… pero lo haces a solas y mas bien procuras que de eso no se entere nadie. A lo mejor es que todos tenemos grabado a fuego en lo mas íntimo de nuestro ser que un amigo, un buen amigo es para siempre y los amores pues son como las olas del mar, que nos cantaba la buena de MariTrini…
Siempre me ha sorprendido la facilidad con la que usa la palabra amigo, se le va adjudicando a cualquiera que se encuentra en las cercanías, da lo mismo si es un conocimiento de toda la vida, si lo es reciente o si la relación esta basada en la pura conveniencia. Con una ligereza que asombra ampliamos nuestro número de amigos sin pensar mucho si merecen semejante honor. Si fuéramos gente “seria”, antes de dar tal nombramiento deberíamos someter al candidato a una serie de pruebas como se hace en las oposiciones: test, tema a sorteo, supuesto practico y una buena lista de méritos y según el resultado los candidatos obtendrían plaza en el mundo de nuestros afectos pero claro, aun los seres humanos no somos tan racionales o tan fríos o tan prácticos y nos dejamos llevar por el pálpito del corazón. Cuantas veces me habré dicho a mi misma que el problema no está en los demás (o no sólo), sino en uno mismo que se engaña, que espera mas de lo razonable y que ve donde no hay; que si nos llevamos chascos y desilusiones es por esa maldita manía de pensar que el prójimo ha de actuar como uno mismo y no, no, y no. Cada uno tiene su forma de ver la vida, de actuar y de obrar y me viene a la cabeza aquel artículo de Miguel Martínez sobre la ataraxia como una forma de encarar las avatares que nos llegan y no estaría nada mal volver nuestros ojos a la filosofía clásica que es fuente de mucho “consuelo”.
El infierno no son los demás, por mucho que así lo creamos, todos tenemos nuestra pequeña parcela del reino de Pedro Botero en nuestro patrimonio, pero siempre es más fácil buscar fuera los culpables que mirarse a uno mismo sin apasionamiento, profundizar un poco en uno mismo ante toda relación fallida pues algo habremos hecho para que el barco de la amistad se quedara a merced del vendaval y es muy posible que ese algo no sea mas que unos deseos desmedidos de cariño, de compañía o de comprensión… pero mal situados.
No propongo yo desde estas líneas, que nos convirtamos en cardos borriqueros o en seres fríos y calculadores (en el peor de los sentidos) pero sí que seamos cautos a la hora de incluir a alguien en le mundo de la Amistad y que desechemos de nuestra vida afectiva las relaciones de comercio: “te doy esto, yo espero que tu me des lo otro” y esto, seamos sinceros, es algo en lo que caemos consciente o inconscientemente. Y si con todo y con ello ustedes prefieren moverse así pues ya saben que el remedio son unas tiritas de esparadrapo en el corazón como aconseja Mafalda, que es una niña la mar de sabia.
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