julymurillo

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El corazón perdido

In ALGO DE CUENTO on 2009-06-01 at 16:51

Yendo una tardecita de paseo por las calles de la ciudad, vi en el suelo un objeto rojo; me bajé: era un sangriento y vivo corazón que recogí cuidadosamente. «Debe de habérsele perdido a alguna mujer», pensé al observar la blancura y delicadeza de la tierna víscera, que, al contacto de mis dedos, palpitaba como si estuviese dentro del pecho de su dueño. Lo envolví con esmero dentro de un blanco paño, lo abrigué, lo escondí bajo mi ropa, y me dediqué a averiguar quién era la mujer que había perdido el corazón en la calle. Para indagar mejor, adquirí unos maravillosos anteojos que permitían ver, al través del corpiño, de la ropa interior, de la carne y de las costillas -como por esos relicarios que son el busto de una santa y tienen en el pecho una ventanita de cristal-, el lugar que ocupa el corazón.

Apenas me hube calado mis anteojos mágicos, miré ansiosamente a la primera mujer que pasaba, y ¡oh asombro!, la mujer no tenía corazón. Ella debía de ser, sin duda, la propietaria de mi hallazgo. Lo raro fue que, al decirle yo cómo había encontrado su corazón y lo conservaba a sus órdenes de si gustaba recogerlo, la mujer, indignada, juró y perjuró que no había perdido cosa alguna; que su corazón estaba donde solía y que lo sentía perfectamente pulsar, recibir y expeler la sangre. En vista de la terquedad de la mujer, la dejé y me volví hacia otra, joven, linda, seductora, alegre. ¡Dios santo! En su blanco pecho vi la misma oquedad, el mismo agujero rosado, sin nada allá dentro, nada, nada. ¡Tampoco ésta tenía corazón! Y cuando le ofrecí respetuosamente el que yo llevaba guardadito, menos aún lo quiso admitir, alegando que era ofenderla de un modo grave suponer que, o le faltaba el corazón, o era tan descuidada que había podido perderlo así en la vía pública sin que lo advirtiese.

Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y feas, morenas y pelirrubias, melancólicas y vivarachas; y a todas les eché los anteojos, y en todas noté que del corazón sólo tenían el sitio, pero que el órgano, o no había existido nunca, o se había perdido tiempo atrás. Y todas, todas sin excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón de que carecían, negábanse a aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya porque sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban injuriadas por la oferta, ya porque no se atrevían a arrostrar el peligro de poseer un corazón. Iba desesperando de restituir a un pecho de mujer el pobre corazón abandonado, cuando, por casualidad, con ayuda de mis prodigiosos lentes, acerté a ver que pasaba por la calle una niña pálida, y en su pecho, ¡por fin!, distinguí un corazón, un verdadero corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por qué -pues reconozco que era un absurdo brindar corazón a quien lo tenía tan vivo y tan despierto- se me ocurrió hacer la prueba de presentarle el que habían desechado todas, y he aquí que la niña, en vez de rechazarme como las demás, abrió el seno y recibió el corazón que yo, en mi fatiga, iba a dejar otra vez caído sobre los guijarros.

Enriquecida con dos corazones, la niña pálida se puso mucho más pálida aún: las emociones, por insignificantes que fuesen, la estremecían hasta la médula; los afectos vibraban en ella con cruel intensidad; la amistad, la compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo era en ella profundo y terrible; y la muy necia, en vez de resolverse a suprimir uno de sus dos corazones, o los dos a un tiempo, diríase que se complacía en vivir doble vida espiritual, queriendo, gozando y sufriendo por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan para extinguir la vida. La criatura era como vela encendida por los dos cabos, que se consume en breves instantes. Y, en efecto, se consumió. Tendida en su lecho de muerte, lívida y tan demacrada y delgada que parecía un pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron que lo que la arrebataba de este mundo era la rotura de un aneurisma. Ninguno (¡son tan torpes!) supo adivinar la verdad: ninguno comprendió que la niña se había muerto por cometer la imprudencia de dar asilo en su pecho a un corazón perdido en la calle.

EMILIA PARDO BAZÁN

Todos diferentes..todos iguales

In ALGO DE CUENTO on 2009-05-04 at 11:43

—Mamá, ¿qué es aquello? —preguntó el joven arcturiano, apuntando con dos tentáculos de color rosado, indicación clara de que aún estaba en una etapa asexuada de su evolución.
—No se debe apuntar —corrigió la madre, moviendo una de las antenas de visión hacia la dirección indicada. Enfocando el ojo multifacetado, observó lo que había provocado el espanto del producto de su huevo más reciente.
El hijo mayor, que se distraía saltando sobre tres tentáculos cada vez, miró y dijo, exhibiendo los conocimientos adquiridos en una clase de exobiologia: —Son bípedos. ¿De dónde vendrán, papá?
El padre arcturiano esclareció a su familia.
—En “Noticias de Arcturus” se habló de ellos. Son de un planeta llamado Tierra, que orbita una estrella llamada Sol, en la periferia de la galaxia. Vinieron en misión de contacto y no deben ser hostilizados.
—¿Son buenos para comer? —preguntó el hijo, con el apéndice succionador pulsando por anticipado.
—¿No te enseñaron en la escuela que no se debe comer a otras especies inteligentes? —amonestó la madre.
—Vamos a continuar nuestro paseo —ordenó el padre, y la familia prosiguió su desplazamiento por la avenida marginal, cruzándose con otros miembros de su especie, que saludaban utilizando el ritual que correspondía a la jerarquía relativa, establecida por el riguroso (y muy complejo) protocolo arcturiano. Los más pequeños se adelantaron mientras jugaban a que el hijo mayor fingía anudar dos tentáculos del más joven, que escapaba dando chillidos de satisfacción.
Y dijo la madre arcturiana: —No comenté nada para no impresionar a los pequeños, pero ellos son tan… anormales, que hasta sentí ondulaciones en la epidermis. Imagina, sólo cuatro tentáculos, ¡y dos de ellos reservados para la locomoción!
—Yo no soy xenófobo —replicó el padre arcturiano—, pero no me parece bien que el Consejo Octópodo autorice la entrada de alienígenas en zonas de la ciudad tradicionalmente reservadas al ocio familiar.

Los cuatro terrestres disfrutaban de la primera salida de la nave después del largo viaje. Sergei Schmidt, germano-ruso, el ingeniero de sistemas, filmaba el mar en diversas gamas de frecuencia, pues estaba intrigado con la fosforescencia que por momentos aparecía en la superficie líquida.
Al llegar a la cima de la colina, ingresaron a la avenida que parecía ser un lugar de paseo muy apreciado por los indígenas. Brigitta Eco, exo-bióloga, hija de padre sueco y madre italiana, ajustó la visera del casco para utilizar el modo telescópico, observó unos momentos los arcturianos y exclamó:
—¡Miren qué chiflados son los pequeños!
Joshua Makulela era el jefe de la misión. El transmisor insertado en el oído emitió un estallido y él tuvo que prestar atención a los mensajes que enviaba el control de la nave, informaciones de rutina, confirmación de la reunión el día siguiente con el Consejo Octópodo. Cuando terminó la transmisión, comenzó a oír la conversación que Takuji Barbosa mantenía con Brigitta:
—(…) y antes de entrar a la universidad, mis padres me mandaron un año a Japón. Me quedé en casa de mi abuelo, que era pescador en la isla de Rishiri, próxima al extremo norte de Hokkaido, y fui con él algunas veces pescar lulas gigantes. Eran muy parecidas a estos pulpos andantes; la pesca era trabajosa, pero se obtenían de ellos unos bifes exquisitos. Será que estos…
El nipobrasileiro interrumpió la frase y soltó una carcajada, mirando la expresión de incomodidad del rostro de Brigitta, que además de todo era vegetariana. El jefe se sintió en la obligación de intervenir:
—Barbosa —el tratamiento por el apellido demostraba que estaba molesto —otro comentario políticamente incorrecto como ese ¡y me veré obligado a registrarlo en el diario de bordo!

Traducción del portugués: GvH

Autor João Ventura