I
Vaite, noi-
te,—vai fuxin-
do.—Vente auro-
ra,—vente abrin-
do,—co teu ros-
tro,—que, sorrin-
do,—¡¡¡a sombra espanta!!!
¡Canta,
paxariño, can-
ta—de ponliña en pon-
la,—que o sol se levan-
ta—polo monte ver-
de,—polo verde mon-
te,—alegrando as her-
bas,—alegrando as fon-
tes!…
¡Canta, paxariño alegre,
canta!
¡Canta porque o millo medre,
canta!
Canta porque a luz te escoite,
canta!
Canta que fuxeu a noite.
Noite escura
logo ven
e moito dura
co seu manto
de tristura.
Con meigallos
e temores,
agoreira
de dolores,
agarimo
de pesares,
cubridora
en todo mal.
¡Sal…!
Que a auroriña
o ceu colora
cuns arbores
que namora,
cun sembrante
de ouro e prata
teñidiño
de escalrata.
Cuns vestidos
de diamante
que lle borda
o sol amante
antre as ondas
de cristal.
¡Sal…!
señora en todo mal,
que o sol
xa brila
nas cunchiñas do areal;
que a luz
do día
viste a terra de alegría;
que o sol
derrete con amor a escarcha fríA.
II
Branca auro-
ra—ven chegan-
do,—i ás porti-
ñas—vai chaman-
do—dos que dor-
men—esperan-
do—¡o teu folgor…!
Cor…
de alba hermosa
lles estende
nos vidriños
cariñosa,
donde o sol
tamén suspende,
cando aló
no mar se tende,
de fogax
larada viva,
dempois leve,
fuxitiva,
triste, vago
resprandor.
Cantor
dos aires,
paxariño alegre,
canta,
canta porque o millo medre;
cantor
da aurora,
alegre namorado,
ás meniñas dille
que xa sal o sol dourado;
que o gaiteiro,
ben lavado,
ben vestido,
ben peitado,
da gaitiña
acompañado
¡á porta está…!
¡Xa…!
Se espricando
que te esprica,
repinica,
repinica
na alborada
ben amada
das meniñas
cantadeiras,
bailadoras,
rebuldeiras;
das velliñas
alegriñas;
das que saben
ben ruar.
¡Arriba
todas, rapaciñas do lugar,
que o sol
i a aurora xa vos vén a dispertar!
¡Arriba!
¡Arriba, toleirona mocidad,
que atru-
xaremos—cantaremos o ala… lá…!!!
Ha caído la tarde sin aviso,
abriendo despertares de sueños incompletos;
cansancio que se arrastra por los días,
que ya no miran cambios de estaciones
porque la primavera y el invierno visten la misma ropa.
La ráfaga nocturna centellea el asfalto
ebrio de indiferencia;
ante el rastro perdido de las horas, bajo la noche inlune,
hay un plomo de pasos enredado en la carne sesgada de los días,
hay lodo en las miradas sin reflejo,
en las frases fingidas,
en las manos impúdicas,
en las indiferencias lucrativas.
La figura doliente se desliza
por bordes sin niveles, junto a los contrapuntos
de lo esperado frente a lo hipotético,
con un gesto velado de interiores
que se rechaza hacia el arcén confuso.
Luces de madrugada sobre el arco
de un pelo mal cortado, de un maquillaje sucio,
de un vestido estridente
que busca la palabra innecesaria,
esa palabra inútil ante la señal obvia de la vieja costumbre,
esa costumbre torva de la historia
que engarza anonimatos en una danza breve
de música monótona, de pasos chabacanos,
de finales sombríos. Luego, otra vez lo oscuro.
Hasta ayer, una niña transparente, de colegio de pago;
después, un quiebro leve del destino,
en cauces de ironía, como un juego inocente;
una experiencia extraña corriendo por las venas,
pensando que eran vías de la primer caricia,
una duda, un impulso, un paso espurio,
y ahora la perspectiva de la noche incontable.
Germinarán las albas en medio del asfalto
borrando las figuras de margen impreciso,
encendiendo los aires de la limpia eficiencia cotidiana.
Y cada cierto tiempo, un epígrafe apático,
escondido en las hojas interiores de la prensa del día,
aporta un nuevo nombre a un despojo olvidado,
desatendido, a ras de un vertedero.
En la balanza de aquella vida que se extinguía, se nivelaban, por una parte, más de cincuenta años de un matrimonio pleno y feliz; por otra, una noche diferente y turbadora.
Y fueron las imágenes y aromas de aquella única noche las que desbordaron su corazón y atravesaron su memoria, antes de sumergirse en la Nada del Intiempo.
hay que vivir al filo del límite sagrado de los besos.
Y si llega la urgencia, ese paso temido
en los acantilados del deseo hecho angustia,
reaccionar. Mirarnos a los sueños,
desprender la membrana del aire compartido
dejando la palabra suspensa en la penumbra.
Después, el desahogo,
en cauce solitario o en otra compañía que no sea nosotros,
bajo la recurrencia de algún abrazo viejo
o en otra piel reciente,
para dejar intacta nuestra ficción al fondo de un poema
preservando esa meta común para nosotros,
la curvatura cósmica del tiempo.
María Pilar Couceiro *
* María Pilar Couceiro (A Coruña, allá por el siglo XIII, cuando lo de los Trovadores), aunque nació por segunda vez en Atenas, hace unos quince años.
Incluyo versión en gallego, que debo a la gentileza e inestimable ayuda de la profesora Dra. Elena Rivas.
.
.
.
.
Para intuírnos libres,
para evitar o risco da nosa dependencia
-porque sabemos como se disolve-
hai que vivir ao fío do sacro límite dos nosos bicos.
E se chegase a urxencia, ese paso temido
nos cantíis do desexo feito angustia,
reaccionar. Mirar aos nosos soños,
desprender a membrana do aire compartido
e deixar a palabra suspensa na penumbra.
Despois, o desafogo,
en canle solitaria ou noutra compañía que xa non sexa nós,
baixo da recorrencia dalgún abrazo vello
ou noutra pel recente,
para deixar intacta a nosa ficción dentro dun poema
preservando esa meta que é común para nós,
a curvatura cósmica do tempo.