julymurillo

Más moral que el Alcoyano.

In ALGO DE OPI on 2008-06-09 at 15:23

SI yo escribiera un nuevo cuento infantil y tuviera que escenificar el “País de la fantasía”, sin lugar a dudas elegiría España, y habría acertado de pleno. Vivimos en una burbuja donde sólo se admiten la supremacía y la prepotencia y así nos va. Los españoles no hablamos de nuestros fracasos, sólo alardeamos y exageramos de nuestros éxitos y siempre por anticipado. Nunca decimos vamos a intentar alcanzar esa meta o conseguir ese record, sólo afirmamos convencidos de que obtendremos el triunfo, sea en la competición que sea. No damos opción a vacilaciones ni dudas. Los gritos que más se oyen entre los aficionados de uno u otro deporte, son los de “¡Campeones!”, “¡Somos los mejores!”, “El mejor equipo del mundo”, “los galácticos” ( que lógicamente acaban estrellados o consiguen uno de los éxitos a los que aspiraban con bastantes dificultades y después de un largo camino de incertidumbres), etc. Un amplio muestrario de fanfarronadas que se lanzan a diestro y a siniestro por parte de unos y otros, aunque les queden, todavía, algunos obstáculos por superar para poder llegar a ese final. Sin embargo hay deportes y deportistas donde España escala la cima y nuestro Himno se oye en el podio mientras se iza nuestra Bandera, y pasa con más pena que gloria por la senda de la gloria, el reconocimiento y el sonar de las fanfarrias. Como no atraen a multitudes, a nadie interesa patrocinarlo, ni al gobierno tributarle su debido homenaje, o al municipio cederles las fuentes públicas (y recalco lo de fuentes, aunque
una de ellas apenas se utilice), a la barbarie de las multitudes por unos triunfos con indiscutibles menos meritos y un enorme derroche de medios económicos.

Somos de naturaleza altiva, lo cual me parece muy bien, siempre que no nos extralimitemos más de lo aconsejable, y damos ejemplos de una fanfarronería increíble, aunque nuestros triunfos a la hora de la verdad, se puedan contar con los dedos de la mano y aún nos sobren algunos. Es una triste realidad de la que parece estamos todos contagiados y los que no lo están, se contagian con el entusiasmo y la excesiva confianza de los demás. ¡Que más quisiera yo que echar las campanas al vuelo anunciando al mundo el triunfo de España, aunque fuera en el extravagante arte de pelar judías verdes!.
Con el festival de Eurovisión, esa amalgama de canciones y esperpentos auspiciados por la política y el compadreo de países, nos pasa lo mismo todos los años. Y lo que es peor, no escarmentamos, ni demostramos el mínimo sonrojo. Desde meses antes organizan una serie de programas, bien patrocinados comercialmente y con abundancia de “sms” por parte de los televidentes, que suben la cuenta de ingresos a cantidades insospechadas, con la excusa y bajo el incentivo de que voten a la canción e intérprete que le parezcan más conveniente y con más evidentes cualidades, para que nos represente. El público, como una fiera desbocada o más bien como cordero dócilmente manipulado, “acoquina” sus euros a las arcas de la primera cadena a través de una serie de mensajes, porque cree que con sus votos van a lograr que el paisano, amigacho o cantante más admirado, consiga la nominación.

Luego, ya se sabe, salta la liebre donde menos se espera y lo merece y quedan eliminados los demás candidatos con evidentes mayores méritos, categoría literaria y arte y calidad en interpretar sus canciones, porque son cantantes que llevan años preparándose y esperando una oportunidad. Ejemplo el de Gisela, la favorita del público entendido, que fue superada contra toda lógica y pronósticos por un “Chikilicuatro” y su “Chiki Chiki”, que a los que aún nos queda oído musical y nos consideramos de inteligencia normal, nos ha parecido una tomadura de pelo al festival, (lo cual no nos duele tanto), y una mofa descarada a nuestro país, (que eso sí nos ofende). ¿Quién tiene el valor de reconocer públicamente y bajo juramento, que esa era la mejor de las canciones presentadas, no sólo en el aspecto musical y su insulsa letra, sino en esa caricatura bufonesca que la interpretó. Incluidos ese tupé ficticio y esa estúpida guitarrita rosa, (comprada en tiendas de todo a cien). Lo único que interesaba era que el público machaconeara esa burla descarada que habían lanzado unos señores confiados en el papanatismo dominante. Al actor que se ocultaba tras ese fantoche le tocó la lotería.

Sólo tenía que dejarse llevar de un lado a otro y plegarse a las exigencias de una exagerada promoción publicitaria y la lluvia de euros llegaría pródiga a sus bolsillos y con más abundancia aún a los de sus mentores y autores que moviendo la marioneta desde la sombra, solo tenían que esperar el engorde de sus cuentas corrientes, a costa de los que con sus mensajes y grotescas actuaciones sufragaban el mantenimiento de ese espantajo, a mi juicio, en lugar de tomarse una caña y un buen aperitivo. ¡Hay que ver lo que se ha armado con ese “Chiki Chiki”!.´Cuando se eligió entre las otras, todas mejores y con más méritos, Uribarri, que formaba parte del jurado, se levantó airado y disconforme y así lo manifestó públicamente en posteriores entrevistas. Me pareció correcto y natural en un especialista en este tipo de festivales y programas musicales. Luego, no se sabe como, aunque me lo supongo, lo eligieron para retransmitir el Festival ( por cierto con bastante pesadez en querer demostrarnos sus atinados presagios en las votaciones, que no hacía falta ser un lince, para adivinarlas), y cambió por completo su gusto musical, lanzando flores a la actuación de nuestro representante y augurando un triunfo a priori del mismo, ya que a “juzgar” por los comentarios de periodistas extranjeros, público e intérpretes consultados, era una de las favoritas. Aún espero que digan como pudieron cometer esa memez y sacarse de la manga esos absurdos pronósticos. Fue tan birria como las de otros años, desde que el asunto lo gestiona un grupo y una cadena, que nunca ha sabido dar en el clavo, porque me da la impresión, (ojo he dicho me da la impresión), de que obedece más a criterios personalistas y crematísticos que artísticos. Y el triunfo proclamado y casi firmado de antemano, se convirtió en un estrepitoso fracaso en todas las acepciones de este término, ya que si no llega a ser por los 12 puntos de Andorra, que aún no me explico cómo pudieron cometer esa insensatez, hubiésemos figurado en el furgón de cola y a pesar de ese “regalo”, ocupamos el puesto 16 entre 25, que no es para lanzar pétalos de rosa al paso del de la “guitarrita”.

Ahora estamos utilizando el fútbol como un nuevo y siempre recurrente incentivo para mantener al ciudadano ocupado en asuntos menos estresantes que la actual situación política y económica. Hemos hecho de nuestra selección el caballo de batalla que nos mantenga alejados de la realidad e ilusionados en un triunfo que ya nos sirven en bandeja de plata y camino alfombrado como el que recorren los actores de Hollywood. Los únicos gritos y argumentos que se oyen, en las distintas cadenas, comentaristas y carteles son los de “¡Campeones! “¡Podemos”. “Somos los mejores”!, “Llevamos 44 años esperando este momento” ( ¿cuál ?), etc. No hay ninguna que nos indique la menor preocupación o posibilidad de volver a hacer el ridículo. Algunas empresas incluso premian con abundantes descuentos por pasar a los cuartos de final. Una distancia hasta la meta que, por lo visto, resulta suficiente para sentirnos los privilegiados del destino y el máximo desarrollo de nuestras aptitudes. También hay cadenas televisivas que preguntan a sus teleespectadores “¿Qué hará si ganamos la Eurocopa?”. Como si el aficionado tuviera la solución de sus problemas y necesidades en ese triunfo futbolístico. A mí me gusta el fútbol, aunque no con la pasión y el fanatismo de esa mayoría enloquecida. Soy simpatizante del Atlético de Madrid. Sólo veo los partidos en los que interviene España o lo hace este equipo, cuya afición me llegó a través de mis hijos, que son los que me contagiaron el amor por esos colores, que más veces de las deseadas nos proporcionan decepciones y disgustos en el campo, aunque ello nos sirva para fortalecer nuestro espíritu de sacrificio y aumentar nuestra capacidad de resignación.

Me figuro que si ganara España o llegara a esos inaccesibles cuartos fijados como meta, tendríamos que soportar los gritos, cohetes y el insistente sonar del claxon, que es de la única manera que el fanático energúmeno sabe expresar su alegría. No quieren comprender que hay ciudadanos que se alegran y mucho de ese triunfo, pero necesitan tranquilidad y descanso en las horas de sueño y que los éxitos han de servir de contento, pero no de insoportable tortura a los sentidos. Tendríamos fútbol hasta el acabose y la mayoría hasta se olvidaría del vencimiento de esa hipoteca que le tiene “hipotecado” (valga la redundancia) el resto de su vida. Pero, aunque nos gustaría poder celebrar esa “machada” inédita en nuestros anales y verdaderamente epopéyica, no caerá esa breva viendo el ridículo resultado que alcanzamos contra la selección del Perú, de indudable menor categoría que la nuestra. Al menos sobre el papel, que en el campo ya no estoy tan seguro. Todo esto me parece tan exagerado y prepotente, tan fantasioso, como repartir los beneficios de un negocio antes de iniciar su actividad frente al público, fiados en espejismos timoratos y erróneos.

Luego, eso sí, vendrá Paco con las rebajas y buscaremos el origen de nuestro fracaso en el clima, los deslices de un árbitro o el despiste de uno de nuestros jugadores al meter ese gol en propia portería o la ausencia de la defensa en una jugada comprometida y peligrosa del contrario. El chivo expiatorio no faltará para justificar nuestro equivocado optimismo y nuestra exagerada manera de valoración.
Y seguidamente, ante el fracaso no decantado, los ocultos manipuladores volverán a sacar nuevas “marionetas” y a mover caprichosamente sus hilos para deleite engañoso y pueril de una ciudadanía necesitada de ilusiones y perspectivas.

FELIX ARBOLI

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