julymurillo

San Valentín

In ALGO DE OPI on 2009-02-13 at 15:03

En vísperas del famoso día de San Valentín, quiero dedicar mi colaboración a este simpático santo, sin entrar en detalles sobre el maravilloso mundo del amor, que él parece proteger y alentar. Es decir, enfocándolo de una manera muy especial y distinta a la habitual. Perdónenme que no aborde en el artículo y con toda su magnitud y detalles la significación de este día para el hombre y la mujer enamorados o viceversa. Esa es materia tan importante en la vida del ser humano que requiere un comentario totalmente dedicado a ella y con todo el romanticismo que uno sea capaz de demostrar.

No sé que relación tenía San Valentín con el amor o sus derivados, ni me interesa mucho, esa es la verdad, en este momento. Creo que si no hubiera aparecido en el momento oportuno su nombre o su historia en la mente del creador de este reclamo comercial, el santo sería otro y otro también el día de los enamorados. En realidad, es un santo que salvo por la promoción que le hacen en El Corte Inglés, al que se ha sumado astuto el comercio en general para incentivar e incrementar sus ventas, nadie sabría de su existencia. He consultado la Enciclopedia Espasa y no aparece nuestro protagonista, aunque ofrece un santoral bastante extenso. Es como si se tratara de una de tantas leyendas que circulan por esos mundos de Dios, en las que unos pican y otros no, como los pimientos de Padrón.

No obstante he seguido otras pistas y he podido averiguar, sin pretender convertirlo en dogma de fe, que en el siglo III de nuestra Era hubo un sacerdote llamado Valentín, que se dedicaba a casar en secreto y según el rito cristiano a soldados romanos cuyas bodas les eran prohibidas para hacerlos más valientes y decididos en las batallas. Su existencia y cometido llegó a oídos del emperador que quiso conocerlo y estuvo a punto de convertirse al Cristianismo, religión que entonces se perseguía y sacrificaba, como en tantas épocas de nuestra Historia. A pesar del interés imperial de los primeros momentos, el casamentero cristiano fue encarcelado y condenado. Continua la leyenda sobre este misterioso y sin embargo popularísimo personaje, que a petición de su carcelero, se dedicó a dar clases a una de sus hijas llamada Julia. El profesor y la alumna ante tantas horas de conversación y trato se enamoraron y el santo antes de morir, le dedicó una expresiva y apasionada carta de despedida que terminaba con las palabras “ de tu Valentín”.

Según esta leyenda y los autores que he podido consultar, los sacerdotes cristianos podían casarse en esa época. De hecho, los pertenecientes al rito oriental, que siguen fieles a la iglesia de Roma, se casan y tienen familia. Me contaba un amigo sacerdote que una vez estuvo en un consejo o reunión por uno de los países de la Europa del Este, junto a sacerdotes católicos de rito oriental casados. Me decía que le resultaba insólito y extrañísimo ver en las habitaciones fotos de su esposa e hijos, a los que escribían con regularidad y hablaban por teléfono. Según mi modesto criterio, pensando que el amor debe ser bálsamo y aliento a todo ser humano, no considero ni mejor ni peor que nuestros curas pudieran casarse como hacen los pastores y rectores de otras iglesias, que no por ser la nuestra son menos respetables y dignas, sin que su matrimonio suponga algún tipo de rechazo o falsos escrúpulos entre sus fieles. . Pienso, no obstante, que no quiere decir que no pueda aceptar otras conjeturas o posiciones, que es más útil al servicio de la Iglesia un sacerdote sin ataduras amorosas y familiares, que otro agobiado por problemas conyugales y la educación y el sostenimiento de sus hijos. Sin embargo, ni el celibato es dogma de fe, ni figura en las Sagradas Escrituras, ya que incluso entre los Apóstoles elegidos por Cristo los había solteros y casados. Según parece San Pablo ordenó Obispo a un hombre casado. Esta cuestión resultaría indiferente no solo a mi fe, sino a la de sentirme parte integrante de la comunidad católica. No veo que pueda significar un atentado a nuestras creencias, a desmerecer la imagen de nuestra Iglesia, ni a considerar y tratar de distinta forma al sacerdote, ya sea célibe o casado. Es mi criterio personal.

Algunos autores de distintas procedencias, no todos ellos heresiarcas o pertenecientes a movimientos disidentes, opinan que la desaparición del obligado celibato sacerdotal podría llegar a ser una buena y acertada medida para evitar los escándalos que a veces se producen, por nuestra natural y humana debilidad ante las continuas tentaciones. Los partidarios de continuar con esta prohibición, estiman por el contrario que no es ésa la cuestión, ya que entre los sacerdotes que abandonaron su ministerio, sólo un pequeño porcentaje ha tenido como causa el deseo de formar una familia e incluso muchos que lo hicieron regresaron en cuanto pudieron, cuando por muerte u otras legítimas circunstancias quedaron libres del vínculo conyugal. De todas formas los católicos, en gran mayoría, suelen ser poco tolerantes y comprensivos con los sacerdotes que se ven envueltos en algún asunto relacionado con el incumplimiento del celibato. Mucho más si éste pecado se aumenta con un posible escándalo que los enemigos de nuestra Iglesia se empeñan en airear para lograr su desprestigio. ¡Pobre del que se vea envuelto en una espiral de este tipo!. No pensamos que son hombres como nosotros y que al igual que nosotros pueden sucumbir a las tentaciones de la carne. ¿Es que acaso los que les juzgamos y condenamos somos fieles a nuestros compromisos y votos libremente adquiridos?. ¿ Por qué nos erigimos en jueces de aquello en lo que caemos setenta veces siete a lo largo de nuestra vida?. Esto me huele un poco a fariseísmo. ” Quien esté libre de pecados, tire la primera piedra”. Son palabras de Cristo. Y dice el Evangelio que no hubo ninguno de aquellos que estaban dispuestos a lapidar a esa mujer adúltera, que se atreviera a lanzar la piedra que ya tenía preparada. En una de mis visitas a la cárcel para tomar declaración a un detenido en mis tiempos de Juzgado Militar, leí una frase que como recepción al visitante o interno figuraba a su entrada “Odia el delito y compadece al delincuente”. Es una de las más certeras y bonitas recomendaciones que he podido leer y conocer en toda mi vida. ! Qué distinto sería el mundo si todos la adoptáramos como lema de nuestra vida…!.

Los pasteleros, es creencia general, no se si cierta, suelen atiborrar de pasteles en caliente a los aprendices que acuden para aprender el oficio. Dicen que tomados en caliente llegan a saciarse de tal manera que ya pueden quedar a solas con una bandeja tan variada como exquisita, que serán incapaces de meterle mano. Y dirán ustedes, ¿qué tienen que ver los pasteleros con los curas?. Todo tiene su correlación. Si al aprendiz de pastelero le tenemos sometido a una prohibición severa de que no pruebe, ni aún siquiera huela la mercancía antes y después de ser expuesta a la venta, el negocio para el dueño será ruinoso, ya que en frío nuestros estómagos aceptan y apetecen más el sabor del dulce y la exquisitez de esa masa y es fácil saltarse el control del patrón cuando el hambre acucia y el olor nos anima a ello. Es mejor perder tres pasteles recién hechos, que media bandeja del escaparate. Con el sacerdote pasa lo mismo. Si pudieran casarse, formar una familia y desahogar sus apetitos sexuales y pasionales como todo hijo de Eva, dentro de las normas cristianas establecidas, estarían más libres de tentaciones y pasiones y sin abandonar su misión pastoral, evitarían que Satanás se aprovechara de esa bella pecadora que le confiesa sus intimidades al desnudo y que más de una vez le hará recrear mentalmente las escenas que le está describiendo oralmente. Porque a pesar de su sacerdocio, de su voto de castidad y de su entrega a Dios y a su causa, es un hombre normal con toda la carga de virtudes y vicios que rodean al ser humano ofreciéndoles paraísos celestiales o edenes terrenales.

Se suele decir que el placer de lo prohibido es mucho mayor que el de lo permitido. Desde el Génesis tenemos las consecuencias de que a veces la prohibición de algo nos lo hace más apetitoso y deseado. Fue superior para Adán y Eva el interés en experimentar esa sensación que les fue prohibida, comer la fruta del árbol de “la ciencia del bien y del mal”,- cuya detallada circunstancia lo hacía aún más apetecible y difícil de cumplir-, que la aceptación de esa orden que ellos desconocían su por qué. La curiosidad por lo desconocido, pero deseado, es lo que impulsa al ser humano a ser embaucado con mayor facilidad. Seguro que si Yahvé no le hubiera prohibido comer de ese manzano a nuestros primeros padres, no se les hubiera apetecido hacerlo. Opino sin ánimos de discrepar con la Iglesia, cuyas razones acato y respeto, que el sacerdote, al igual que el médico, psiquiatra, psicólogo, profesor y todo aquel que desempeña una función muy especial, puede tener una vida familiar compatible con su labor profesional o pastoral, auque sea evidente que con una serie de problemas añadidos. El celibato en algunos religiosos debe suponer una especie de “castración mental”, que ellos aceptan por ser una imposición de la Iglesia para el ejercicio de su ministerio. Siempre que no se trate de una Teresa de Ávila, un San Juan de la Cruz, un San Francisco de Asís, de Borja y tantos santos que renunciaron totalmente al mundo para acercarse plenamente a Dios, e incluso en nuestros tiempos una Teresa de Calcuta. Una obligada prohibición impuesta por la Iglesia, que sabemos no se citaba en ninguno de los mensajes que Dios nos dio en los inicios de nuestra doctrina. . .

Esta efeméride que celebramos y que resulta más comercial que sentimental, aunque no esté nada mal obsequiar a la persona amada con algún detalle que le haga recordar que la queremos, se ha impuesto en todo el mundo aunque sus orígenes e historia estén más dentro de la leyenda que de la realidad. Hay autores que la hacen coincidir y justificar con el tiempo del apareamiento de los pájaros y con la festividad pagana de Roma en honor al dios del amor, su famoso Cupido, el Eros de los griegos. Hoy está ampliamente extendida y es muy celebrada entre las parejas casaderas y casadas. Todos aquellos que se sientan felizmente enamorados. Pero en contra del parecer de los que intentan deslumbrar o apabullar, creo que es más importante el detalle que la cantidad .y el coste. Para regalar objetos valiosos o caprichos existen días más adecuados. Yo siempre he optado por las rosas rojas. El símbolo del amor y la pasión, que son los sentimientos que nos deben inspirar la persona amada. Creo y no me equivoco, que no hay que esperar al 14 de febrero para decirle a nuestra pareja que la amamos, la recordamos y la necesitamos. Cada día del año debe ser un San Valentín en nuestra vida comunitaria y una promesa de amor renovada cada día y en cada acto, aunque jueces y políticos se empeñen en promocionar al fatídico divorcio.

FELIX ARBOLI

http://www.vistazoalaprensa.com

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