julymurillo

Bésame,bésame mucho…que es bueno para la salud

In ALGO DE OPI on 2009-05-06 at 22:37

He olvidado muchas cosas importantes en mi vida, incluso diría que hasta decisivas, porque nuestra memoria tiene sus límites de espacio y de tiempo, pero mantengo íntegro el recuerdo, la sensación y hasta el delicioso cosquilleo, que me produjo el primer beso de amor que di en mi vida, cuando sólo hacía unos meses que había pasado la barrera de los doce años. Estoy hablando de los cuarenta cuando hasta el respirar cerca de una mujer era casi pecado y delito. No he olvidado a esa chavala, pequeña en edad y largurucha en tamaño, llamada Olivita, con amplia y negra melena recogida en dos grandes trenzas, a la que le sobresalían dos diminutos picachos, como preludio de una bien desarrollada delantera que luciría años más tarde. Fue un atardecer veraniego con toda seguridad, ya que de lo contrario no hubiéramos podido estar a esa hora en la calle, ni ella llevaría un vestido tan transparente y vaporoso capaz de descubrir esas pequeñas intimidades. Éramos una pequeña pandilla y a pesar de nuestra corta edad ya empezábamos a emparejarnos. Porque en aquellos años, donde aún humeaban los pueblos de España a causa de esa absurda y fratricida guerra, desde pequeños sabíamos el significado de la diferencia de sexos y otras muchas cosas que hoy parecen no darle importancia, aún cuando hayan superado la veintena. El chico, era diferente a la chica se viera de frente o de espaldas. No hacía falta acercarse y escudriñarlo para acertar su sexo.

Cuando la sorprendí y eché contra la tapia donde nos hallábamos para estamparle ese beso en la boca, que yo había visto tantas veces en el cine y sospechaba que debería ser delicioso a juzgar por la expresión de la que lo recibía y el que lo daba, ella se puso como un tomate, le entró un sofoco enorme y cerrando los ojos para no ver su dulce “pecado”, me lo devolvió y salió corriendo. Fue el momento más maravilloso e inolvidable de mi infancia y el recuerdo más bonito que guardo de unos años irrepetibles. Actualmente la juventud en su mayoría desconoce el placer de tan incomparables sensaciones porque ha olvidado que sólo se puede gozar plenamente del amor cuando cuesta sacrificio y tenacidad conseguirlo. Hoy se lo dan todo hecho, casi obligándole a comer la manzana sin tener que acercarse o arrancarla del árbol y se besan y dan una total libertad a su pasión sin conocer el verdadero sentido y encanto del amor entre pareja. Lo consideran un acto rutinario más en sus aburridas vidas. Tanta libertad, irresponsabilidad y excesiva facilidad para alcanzar lo que debería ser una dura y bonita lucha, le hacen perder los mejores años sin haber podido disfrutar la experiencia más fabulosa y los momentos más emocionantes en esa etapa de su vida. En este aspecto me alegro de pertenecer a una generación donde sufrimos en muchos aspectos, pero por eso mismo pudimos gozar plenamente con detalles y circunstancias en los que la suerte nos sonrió, como ese simple y furtivo beso de enamorado que nos hacía pasar toda la noche insomne y creernos los reyes del universo.

Soy un becqueriano convencido y un romántico en desuso. Lo reconozco y lo asumo como un mal menor o una virtud no muy conocida, desde que empecé a contemplar a mi vecina de pupitre como la “Dulcinea” de mis quijotadas y sueños y me venía a la mente aquella inigualable estrofa de ese inmortal poeta que decía “ Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un beso…!yo no se que te diera por un beso!”. No se puede expresar la belleza del amor, la esperanza de tocar el cielo con la simple mirada de la mujer que adoramos y la fuerza tan tremendamente sugestiva del beso a la que acapara nuestra mente y protagoniza nuestros sueños, en tan breves y acertadas palabras. Esto es poesía y descripción precisa y afortunada del amor y no ese galimatías que hoy nos quieren imponer como expresión de un lirismo que sólo tiene concordancia con la locura y el absurdo.

El beso según cuentan es casi tan antiguo como el hombre, porque es la expresión de un sentimiento profundo y sincero, aunque en la actualidad se haya puesto de moda como saludo simplemente protocolario cuando te presentan a alguien, joven o mayor y con la mayor naturalidad le estampas un par de besos y recibes otros tantos, aunque los que suelen dar las mujeres por regla general quedan en el aire, no llegan a rozar su destino. Según parece, el beso empezó a utilizarse como demostración de amor y de cariño en Europa en el siglo VI. Hubo un tiempo en que estaban prohibidos los besos amorosos públicamente, de cuyos últimos coletazos fui obligado y resignado testigo. De ahí nuestras febriles consecuencias cuando teníamos la oportunidad de burlar a la indiscreta cotillería y nos decidíamos a alcanzar en un fugaz movimiento la boca de la chica, aunque muchas veces nuestro intento se quedaba a una corta distancia de las comisuras de sus labios. Lo suficiente para que a los dos nos subiera la adrenalina al tejado. Pero eran unas imprudencias inigualables y extraordinariamente impresionables que no he podido olvidar, ni cambiaría por nada. En medio de tantos infortunios y carencias, sí fuimos favorecidos con estos detalles que el joven actual que tiene de todo y todo se le permite, no podrá disfrutar. Y es una lástima.

También tuvo nuestro protagonista labial su significado de rebeldía, especialmente en la revolución del mayo francés, allá por 1968, -que casi coincide con mi estancia en la capital del Sena por asuntos profesionales-, donde el beso se hizo contestatario y rebelde para una juventud que protestaba contra el proceder de los mayores. Un movimiento que se convirtió en auténtico maremoto, inundando con sus postulados de protesta al resto de países occidentales. Consecuencia de estas nuevas circunstancias fue que el beso perdió su carácter de intimidad y demostración de amor, para convertirse en el impulso instintivo y sexual de una juventud que iba por libre en sus pensamientos, reacciones e íntimas efusiones. Hasta el delicado y protocolario beso en la mano a la señora durante las presentaciones, fue perdiendo su carácter de obligada cortesía y se empezó a utilizar el beso directo a la mejilla, que en algunos países como el nuestro, se duplican, reservándose el de la mano para señoras de más alto nivel y exigente protocolo. Ya se había perdido en la noche de los tiempos la costumbre de besar el suelo ante la presencia del señor o señora, en señal de reverencia y sometimiento. Hoy, sólo besaba el suelo nuestro anterior y querido Juan Pablo II, cuando llegaba a un país en viaje oficial por primera vez y más que sumisión, significaba amor y deferencia.

Decían y prevenían de que el besuqueo constante e incontrolado podría atraer enfermedades y contagios nada convenientes. Hablaban de bacterias, residuos nocivos y otras lindezas a los que estaban sometidos los muy besucones. Posiblemente un ardid de nuestros mayores para que los chavales no se dedicaran a esta práctica con tanto descaro y tan pocas precauciones, ya que tras el ardor de un beso se podría llegar a límites incontrolados nada aconsejables para la “virtud de la damisela”. Ahora resulta que es todo lo contrario: Besarse mucho es una de las mejores terapias para ser felices. Nada raro por supuesto ya que es la sensación y la experiencia más maravillosa que uno puede tener, si se hace con la persona a la que se quiere o a de la que se está profundamente enamorado, que no es la misma cosa. Añaden que en cada beso cargado de pasión, ese al estilo francés de lenguas entrelazadas y ojos en blanco, se queman hasta doce calorías. Multipliquen por el número de “ósculos”y deduzcan. Más aún que ayudan a evitar infecciones bucales y son antidepresivos. Esto no me lo explico. A no ser que sea porque el que besa o el que recibe esta caricia se lleva todo lo dañino que pueda tener el otro en ese momento., Es decir, como el “desnudar un santo, para vestir a otro”. Ya que si hay bacterias o algún mal en la boca de uno de los que se besan, a algún sitio han de ir y no desaparecer diluido en los sueños románticos o eróticos de sus protagonistas. Hay un escritor Jesús de la Gándara., que en su libro “El planeta de los besos”, -cambia monos por besos-, indica que hay tres clases de besos: el familiar, el romántico y el erótico, y es éste último el que recomienda como mínimo una vez al día con la persona apropiada, pues afirma que es el mejor. Incluso afirma que la carencia de besos en la infancia afecta en gran medida a la personalidad del individuo. Aunque los españoles besamos poco eróticamente, nos ganan en parquedad los orientales y no llegamos a los límites de los suramericanos, que son los más dados a estas efusiones bucales. Al besar, según este autor, se activan 36 músculos y damos en el transcurso de nuestra vida unos quinientos mil besos. (Yo creo que se queda corto). Estoy plenamente seguro que a estas alturas de mi vida, ese medio millón ha quedado ampliamente rebasado. Caben muchos besos en una vida. Un detalle curioso, el 65 por ciento de las parejas giran la cabeza a la derecha al besarse y hay animales que se besan. En tan curioso libro se afirma que probablemente Cleopatra nunca besara a sus amantes y que un diez por ciento de la Humanidad no se ha besado en toda su vida.

Según parece el primer beso del que se tiene noticia data del 2500 antes de Cristo, y aparece en una escena esculpida en la pared de un templo de la India. Lo que no sabemos es si en cualquier otro lugar del mundo ya se besaban aunque no aparecieran en sus muestras artísticas. Lo que si podemos estar seguros es que no fueron esquimales, ya que éstos no se besan, se frotan la nariz para demostrarse amor y cariño. En la antigua Indochina, durante la dominación francesa, las madres acostumbraban a asustar a sus pequeños amenazándoles con darles un beso de hombre francés, ese del torniquete lingüístico y sin embargo, los persas sí se besaban en la boca entre hombres del mismo nivel social o político, así que no podían asustar a sus pequeños con ese truco. Dicen que la costumbre de besar viene de Grecia y tenía su origen en la formula que usaban las mujeres para comprobar si sus maridos regresaban bebidos a sus casas. Les besaban y por el olor y el sabor descubrían las borracheras y francachelas del cónyuge. Hoy también se usa un procedimiento para que la esposa compruebe la sobriedad del marido, aunque sólo utiliza el olfato y a veces el mazo de hacer la masa de las empanadillas.

En la actualidad el beso ha perdido gran parte de su encanto y sólo el enamorado y romántico sigue sacándole sabor y estímulos. Besamos a todas las que nos presentan con la misma naturalidad que decimos la hora al que nos pregunta. Nuestros labios, a veces, hasta se acercan peligrosamente a los dominios labiales de la presentada, pero ni por esas. Un giro de cabeza a tiempo por parte de ella nos impide la maniobra Ya sólo acostumbran a besar, los que se encuentran en plena pasión o puro erotismo, normalmente. La famosa canción de Los Panchos, sobre el “beso de la española”, ha quedado en mera reliquia. Recuerdo de un tiempo pasado que ya no regresará, pues hoy besamos en la calle ante todo el mundo, aunque se trate de la primera cita o una más con esa chica a la que queremos “llevar al huerto” y después olvidar su existencia.

No obstante, prefiero esta nueva actitud de besar a toda mujer que me presenten, que el anterior saludo de manos frío y protocolario, donde la mayoría de las mujeres no sabían o deseaban demostrar excesivo interés o mínima deferencia en extender su mano y la tenía uno que coger al vuelo o por los dedos en un auténtico malabarismo. He de aclarar, entre nosotros, sin que nadie más se entere, que a mi el beso de lenguas siempre me ha parecido exquisitamente maravilloso, ya que la dadora y receptora siempre lo merecía con creces.

FÉLIX ARBOLÍ
fuente:VISTAZOALAPRENSA.COM

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