julymurillo

Ikea en la calle desnuda

In ALGO DE OPI on 2010-06-19 at 19:32

¿Y si el mobiliario urbano se convirtiera en mobiliario casero? O, de otro modo, ¿y si la calle y el hogar fueran una misma realidad con diferentes caras pero cuyas funciones, al fin y al cabo, buscan esencialmente lo mismo: descansarnos, amenizarnos los días, darnos de beber y de comer, prestarnos determinados servicios que, si de una parte complementan los que tenemos dentro de nuestras paredes, otros los suplen más allá de nuestra capacidad de almacenamiento privado?
Se dice que en Japón hay, actualmente, más máquinas expendedoras, desde servidoras de ropa interior hasta almohadas, de comidas basuras a comidas exquisitas, que la cantidad censada de japoneses. Estos artefactos son, en realidad, como habitantes enclavados en lugares estratégicos para actuar urbanamente, como en tantas otras partes las tiendas de chinos. Abiertos las 24 horas los 365 días del año y dotados de cualquier elemento que se le ocurra a la clientela sin importar su rareza. Las máquinas que prestan solución en momentos críticos, algunas de ellas de carácter médico, son, en verdad, más que máquinas sin corazón. Son máquinas cordiales e inteligentes que piensan en los consumidores, han estudiado sus peripecias y se han extendido como una insólita proliferación de seres vivos y para seres vivos.
En diferentes ciudades españolas, incluso en pequeños pueblos de toda la vida, las esquinas van siendo ocupadas durante estos años por este tipo de robots que sustituyen a los empleados y a sus empresarios, dormidos entonces como todo el mundo. La máquina se halla emplazada al raso, fuera del amparo doméstico, pero en función y en extensión, cada vez más tupidas, crean un techo sin sucesión de continuidad. No es tan necesario reservar un tiempo determinado para hacer la compra y acaparar decenas de kilos en el supermercado. La máquina dispensadora piensa no solo en cualquier ocurrencia caprichosa o una necesidad urgente sino también en el reducido aforo de los apartamentos, especialmente japoneses.

Cada día, la máquina se desenvuelve como un mayordomo o un mago que satisface sin rechistar casi cualquier deseo. Sin mediación de nadie, sin esperas de nada, la máquina va mostrándose como el distribuidor perfecto y, en cierto modo, considerando su fluidez, su solicitud y su disposición inmediata se comporta tanto como un segundo aparato electrodoméstico, o un segundo armario, un segundo cuarto de baño, un cuarto de juegos.

Esta penetración del afuera en el adentro o su viceversa ha sido una ecuación obsesiva de todos los buenos arquitectos. Ha sido el principio fundacional de la ventana y de las persianas, de las construcciones integradas con la naturaleza y, en general, de la construcción más ambiciosa y humanista de todos los tiempos. Ahora, esta vieja sensibilidad toma una dirección impensada y, como en otros ámbitos de este tiempo en crisis, el pensamiento abandona su carril tradicional para pensar en paralelo. Muchos libros de éxito, entre la autoayuda y la puesta al día, hablan de esta teoría del pensamiento paralelo para mejor resolver los conflictos.

Las soluciones que nazcan de la crisis no serán solo hijas legítimas de esta apurada situación, sino, en su mayoría, hijas o hijos naturales, en su doble sentido: a través de una espontaneidad inaplazable y mediante una contravención del orden establecido.

Ahora mismo, en sentido complementario, la revista Yorokubo, cuyo nombre significa “estar feliz”, cuenta en su número de junio el caso de un artista italiano, Carlo Sampietro, que ha decorado, amueblado y personalizado su casa de Nueva York empleando materiales y muebles hallados en las calles, desde un buzón de correos hasta cajones de embalaje, desde fragmentos de metal hasta bicicletas y remolques desechados.

Hace medio siglo, Ivan Illich enseñaba de qué modo extraordinario los mexicanos de Cuernavaca adheridos a su fundación creaban hábitats incluso más cómodos que los prototipos burgueses de donde provenían los residuos utilizados.

La idea de reciclar ha envejecido pronto de tanto usarla mal, pero la idea de poner en cuestión los catálogos de nuestro consumo, no. El artículo de Yorokubo que firma David García se titula El Ikea más grande está en la calle. Puede ser que Sampietro, como italiano y publicitario que es, haya llenado su loft de ciertos cachivaches que ninguno de nosotros quisiéramos tener cerca. Pero, a la vez, al lado de este ejemplo crece la idea, cada vez más alta y firme, de vivir de otro modo y con otra estética, con otros utensilios y otros sentidos. La crisis recuerda, en lo acústico, el ruido de la pala abriendo la tierra de la sepultura, pero evoca también, en su grafía, la rizada cresta roja de una revolución que conmemoraremos alborozados algún día.

VICENTE VERDU– 19-06-2010

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