julymurillo

Il Maestro

In LETRAS ARGENTINAS on 2010-06-27 at 20:24


Cuentan que ya era tarde cuando salió de su camerino, que la orquesta había esta­do ensayando con desganada obediencia, y el director dio la orden. Entonces algún puño dio dos golpes en la puerta sagrada, alguna voz respetuo­sa pronunció temerosamente un nombre, y un leve movimiento al otro lado de la puerta presagió su sa­lida.

Cuentan que cesaron toses y murmullos. La disci­plina era tensa, demasiado absorta; las alas del direc­tor dibujaban en el aire sin conseguir dejar huella. Il maestro soportó, paciente, las torpezas de la trompa solista. Acariciando su instrumento, lo mantenía in­móvil como un arma depuesta. Volvió a contraer los párpados cuando el contrabajista no advirtió la entra­da, e ignoró la escandalera informe de los tutti. Dicen que no respiraba. Que era la madera la que latía.

El ensayo había comenzado una hora antes de su aparición. Los músicos habían estado más expectan­tes que afinados, y el director, más enérgico de lo aconsejable.

Cuentan que la introducción de la obra había tenido que repetirse estando ya il maestro allí, y que el director le pidió excusas aparatosamente y luego reprendió a los vientos metales. Il maestro sonreía, lo cual era alarmante. Por fin la orquesta hiló cuarenta compases, y entonces fue su turno.

El impecable género de su traje comenzó a mo­verse por el codo. El arco fue hiriendo cien veces el silencio, las notas se perseguían hasta ser una sola, larga nota. Los músicos en compás de espera obser­varon que il maestro no movía ningún músculo apar­te de los necesarios. Sus piernas habían arraigado en las tablas y ahí permanecían, mientras el torso ensa­yaba un vaivén muy similar a la quietud. Su rostro se borró por completo, desapareció o se hundió su mi­rada y también el escenario. Sólo quedaba un peque­ño universo nítido, concentrado en el instrumento y los dedos; ellos sí que danzaban por el mástil, inconte­nibles y exactos. Una respiración que retornaba su­cedió al abrupto final. Il maestro abrió lentamente sus ojos, recobrando el cuerpo.

Cuentan que el director, conmovido, le rogó que los volviera a deslumbrar si no era mucha la moles­tia, ya que había percibido algún desajuste que obviamente no había provenido de il maestro sino de los segundos violines. El primer trompa, al fondo, pareció aliviado. Y aseguran que il maestro, entonces, miró perplejo al director y luego compuso una mue­ca despectiva. Y que, al abandonar la sala abrazando su violín, con voz extremadamente suave, dijo:

-Paganini non repite.

Y se recluyó en su camerino.
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* Andrés Neuman. Buenos Aires 1977 (nacionalizado español). Poeta y autor de narraciones breves, frecuente colaborador en la prensa nacional.

  1. Estupendo relaqto, July. Y con calidad. Claro, de Neumann. Un beso

  2. Me gusta mucho y es muy joven…todo un futuro por delante. Garacias por leernos Emilia.

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