julymurillo

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Cartas verdes

In ALGO AMOROSO, ALGO TRISTE on 2010-06-18 at 14:51

CARTAS VERDES/POR JOSÉ SARAMAGO
La despedida de Jerónimo Melrinho

El pasado noviembre, al presentar en Lisboa su última novela, Las intermitencias de la muerte, el Premio Nobel portugués anunció que ha pedido a los editores de su obra en todo el mundo que editen sus libros en un papel que no sea dañino para los bosques vírgenes del planeta. Saramago se ha unido a la campaña Libros Amigos de los Bosques de Greenpeace, que promueve el uso de papel FSC, un sello que garantiza que el material empleado es reciclado o proviene de explotaciones forestales sostenibles y se ha producido con técnicas poco contaminantes.

Soy nieto de un hombre que, al presentir que la muerte estaba a su espera en el hospital a donde lo llevaban, bajó al huerto y fue a despedirse de los árboles que había plantado y cuidado, llorando y abrazándose a cada uno de ellos, como si de un ser querido se tratara. Este hombre era un simple pastor, un campesino analfabeto, no un intelectual, no un artista, no una persona culta y sofisticada que hubiera decidido salir del mundo con un gran gesto que la posteridad registraría. Se diría que estaba despidiéndose de lo que hasta entonces había sido su propiedad, pero su propiedad eran también los animales de los que vivía y no se acercó hasta ellos para decirles adiós. Se despidió de la familia y de los árboles como si todo fuese para él su familia.

Este episodio sucedió, fue real, no es fruto de mi imaginación. En muchos años jamás oí de boca de mi abuelo palabra alguna sobre árboles en general y esos en particular que no estuvieran motivadas por razones prácticas. Luego no podría esperar, nadie podría esperarlo, que la última manifestación consciente de la personalidad del viejo hombre tocara la línea de lo sublime. Y sin embargo sucedió.

Nunca podré saber qué pasó en el espíritu de mi abuelo en aquella hora extrema, qué pensó o sintió, qué llamada urgente encaminó sus pasos inseguros hasta los árboles que lo esperaban. Tal vez porque sabía que los árboles no se pueden mover, que están sujetos a la tierra por las raíces y de ellas no pueden separarse, a no ser para morir. En el fondo de su corazón tal vez mi abuelo supiera, de un saber misterioso, difícil de expresar con palabras, que la vida de la tierra y de los árboles es una sola vida. Ni los árboles pueden vivir sin la tierra, ni la tierra puede vivir sin los árboles. Incluso hay quien afirma que los únicos habitantes naturales del planeta son ellos, los árboles. ¿Por qué? Porque se nutren directamente de la tierra, porque la agarran con sus raíces y por ella son agarrados. Tierra y árbol, aquí está la simbiosis perfecta.

Puede que algunos piensen que hay demasiado lirismo en estas palabras. Es posible, porque, tal como la tierra y los árboles, sentimiento y razón siempre van unidos. Pero no fue por puro sentimiento por lo que me uní a la campaña de Greenpeace para la protección de los bosques primarios y para la utilización de los productos forestales de un modo no contaminante del medio ambiente. Mejor que llorar sobre la leche derramada sería no romper la vasija. La metáfora sirve, de eso se trata.

Cuando los representantes de Green-peace me explicaron las razones objetivas del proyecto y me pidieron que participara en él, comprendí que no tenía suficiente con preocuparme con la situación del medio ambiente como cualquier otra persona consciente de los problemas del mundo, que era necesario que mi empeño fuera real, concreto. Les pregunté qué podía hacer y me respondieron que ya tenía en mis manos el arma pacífica con la que podía entrar en batalla: los libros, los libros que consumen cantidades gigantescas de papel, los libros que devoran bosques y selvas a una velocidad vertiginosa, pero también los libros que pueden ser fabricados en un papel que respete en su elaboración el medio ambiente y utilice los bosques con criterio atento al bien común, o sea, de manera sustentable. El resultado es el libro que se titula ‘Las intermitencias de la muerte’, y ese es sólo el primer paso. Todas las obras que pueda escribir en el futuro, todas las reediciones de las ya publicadas, serán impresas en papel aprobado por Greenpeace, tanto en Portugal, como España y en América Latina. Es lo que está ocurriendo con ‘Las intermitencias de la muerte’, que a las ediciones ya mencionadas se juntaron las de Brasil, Italia, Cataluña y espero que en breve se sumen las de otros países que tienen a bien traducir y publicar los libros que vengo escribiendo.

Concluyo haciendo una invitación y lanzando un desafío. Que otros escritores colaboren en el mismo sentido con Greenpeace, que otros editores se unan a estos míos de ahora, y sobre todo, sí, sobre todo, que los lectores, el público, sean más conscientes de que este combate también es suyo. Defender los árboles es defender la tierra. Mi abuelo ya lo sabía, y no sabía ni leer ni escribir. Un viejo analfabeto me dio la mejor de las lecciones. Aquí la dejo ofrecida, si piensan que es justa y humana. Sé que para algunos ya lo ha sido: me dicen que en Puerto Rico una manifestación de defensa de un bosque que los intereses especulativos querían talar se hizo bajo la pancarta que llevaba el nombre de mi abuelo Jerónimo, y que como él las personas se abrazaron a los árboles con tanta fuerza que el bosque se salvó. Sé que una alameda en Castril, un pueblo de Granada, lleva el nombre de Jerónimo Melrinho, y esa alameda, con ese nombre, se mantiene desplegada como la bandera más hermosa.

A unos por la lección, a otros por el mantenimiento del ejemplo, a otros por la severa atención con que miran el mundo, les digo gracias. Y seguimos en ello porque hay motivo.

Suplemento de http://www.elmundo.es

El último ojal…

In ALGO AMOROSO, ALGO DE CUENTO on 2010-01-26 at 16:20

Fue el otro día, en Gijón. Era domingo y hacía sol, y la playa, y el paseo marítimo, estaban a tope de gente remojándose en el agua o apoyada en la barandilla de arriba, mirando el mar. Todo apacible y muy de color local, gente de allí en plan familiar, sin apenas guiris. Era agradable estar de codos en la balaustrada, observando la playa y las velas de dos barquitos que cruzaban lentamente la ensenada. Había una cría dormida sobre una toalla junto a la orilla, y chiquillos que alborotaban entre los bañistas, y jovencitas en púdicos bikinis y mamás y abuelas en bañador respetable que charlaban mojándose los pies. Y un niño rubito y tenaz, un tipo duro que había hecho un castillo de arena y estaba sentado dentro, reconstruyendo impasible la muralla cada vez que el agua la lamía, desmoronándola. Lo que, por cierto, no es mal entrenamiento de vida cuando apenas se han cumplido siete años.
La pareja no me habría llamado la atención -había docenas semejantes- de no ser porque vi el gesto de la mujer. Eran dos abueletes que habían estado un rato a remojo. Llevaba ella un vestido de esos veraniegos para señora mayor, estampado, con botones por delante, y una cinta en el pelo que le recogía el cabello gris. Era regordeta y menuda. Él estaba en bañador, calzón de playa de color discreto, y se abotonaba despacio, con dedos torpes, los botones de la camisa gris de manga corta. Tenía las piernas flacas y pálidas, de jubilado al que le queda verano y medio, y la brisa le desordenaba el pelo blanco alrededor de la frente salpicada, como sus manos, con las motas que la vejez imprime en la piel de los ancianos. Los dedos del hombre no acertaban con el último ojal, y vi que la mujer le apartaba delicadamente la mano y se lo abotonaba ella, y luego, con un gesto lento y tierno, le pasaba la mano por la cabeza como si quisiera arreglarle también un poco el pelo, peinárselo con los dedos y dejarlo un poco más guapo y presentable.
Me quedé mirándolos hasta que se alejaron camino de las escaleras, y aún vi que él se apoyaba en el hombro de ella para subir los peldaños. Y me dije: ahí los tienes, Arturín, toda la vida juntos, cincuenta años viéndose el careto cada día, y los hijos, y los nietos, y cállate y lo que yo te diga, y el fútbol, y aquella época en que él volvía tarde a casa, y el mal genio, y el verlo tanto en sus momentos de hombre que se viste por los pies como en los momentos de miseria; y en vez de despreciarlo de tanto asomársele dentro, de no aguantarlo por gruñón o por egoísta, ella aún tiene la ternura suficiente para ponerle bien el pelo después de abrocharle ese último botón en el ojal. Y a lo mejor él ha sido un tío estupendo o un canalla, y eso no tiene nada que ver, y resulta compatible con el hecho de que ella, que parió sola, que se calló por no preocuparlo cuando sintió aquel bulto en el pecho, que se ha estado levantando temprano toda la vida para tener paz en una cocina silenciosa, le siga profesando una devoción que nada tiene que ver con lo que llamamos amor; o a lo mejor resulta que el amor es eso y no lo otro, ese ejercicio de lealtad que puede consistir en repeinarlo con la mano y en decirle ponte guapo, Manolo. En que ella, que siempre fue al médico sola hasta cuando pensó que se iba a morir, entre la consulta con él y le diga siéntate aquí, anda, estate quieto, que ahora viene el doctor. En cerrarle con disimulo la bragueta cuando él sale a pasitos cortos del servicio. En decidarle una vida que él no siempre supo merecer.
Y ahora él depende de ella, y es ella la que lo sostiene como en realidad lo ha sostenido siempre. Y un día Manolo, o como se llame, dirá adiós muy buenas; y ella, que renunció a tantos sueños, que se impuso a sí misma un extraño deber unilateral, que no vivió nunca una vida propia que no fuera a través de él, se quedará de golpe quieta y vacía, perdida su razón de ser, con hijos y nietos que de pronto se antojan lejanos, extraños. Añorando la cadena que la ató recién cumplidos los veinte, cuando casarse, poner una casa, tener una familia, era un sueño maravilloso como el de las poesías y las películas. A lo mejor, antes de hacer mutis, él tiene tiempo, decencia y lucidez para darse cuenta de lo que ella fue en su vida. Y entonces echará una lagrimita y le dirá eso de que lamenta haberla tenido como una esclava, etcétera. Y ella, una vez más, se callará y le pondrá bien el pelo, para que agonice guapo, en vez de decirle: a buenas horas te das cuenta, hijo de la gran puta.

ARTURO P.REVERTE

Love Story

In ALGO AMOROSO, CINE on 2009-06-02 at 20:42

Amar significa no tener que decir:¡¡¡lo siento¡¡¡.

Francoise Sagán,1935 -2004

In ALGO AMOROSO on 2009-04-30 at 22:25

La capacidad de reír juntos es el amor

Rómulo Gallegos,1884 -1969

In ALGO AMOROSO on 2009-04-30 at 22:22

Siempre es bueno cuando se tienen amores ausentarse por algún tiempo. Así podemos cerciorarnos de si es cariño efectivo el que nos tienen o es capricho pasajero

Giuseppe Verdi,1813-1901

In ALGO AMOROSO on 2009-04-25 at 17:06

De todas mis obras,la que más me satisface es la casa que he hecho construir en Milán para acoger a los viejos artistas que no fueron favorecidos por la fortuna(…)¡Pobres y queridos compañeros de mi vida¡¡¡

Jorge Luis Borges ,1899-1986

In ALGO AMOROSO on 2009-04-24 at 23:22

Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única.

Joaquín Sabina,1949

In ALGO AMOROSO on 2009-04-21 at 12:15

Cuantos besos me perdí por no saber decir..¡¡¡ te necesito¡¡¡

Corin Tellado-1927-2009

In ALGO AMOROSO on 2009-04-11 at 16:09

Uno deja de amar en el mismo instante en que lo dejan de amar a uno.

Miguel de Cervantes,1547-1616

In ALGO AMOROSO on 2009-04-10 at 22:43

Con el verdadero amor ocurre lo mismo que con los fantasmas: todo el mundo habla de él, pero pocos lo han visto.­