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La paloma negra

In ALGO DE CUENTO, LETRAS GALLEGAS on 2014-01-16 at 19:52

emilia pardo bazanSobre el cielo, de un azul turquí resplandeciente, se agrupaban nubes cirrosas, de topacio y carmín que el sol, antes de ocultarse detrás del escueto perfil de la cordillera líbica, tiñe e inflama con tonos de incendio. Ni un soplo de aire estremece las ramas de los espinos; parecen arbustos de metal, y el desierto de arena se extiende como playazo amarillento, sin fin.

Los solitarios, que ya han rezado las oraciones vespertinas, entretejido buen pedazo de estera y paseado lentamente desde el oasis al montecillo, rodean ahora al santo monje del monasterio de Tábenas, su director espiritual, el que vino a instruirlos en vida penitente y meritoria a los ojos de Dios. De él han aprendido a dormir sobre guijarros, a levantarse con el alba, a castigar la gula con el ayuno, a sustentarse de un puñado de hierbas sazonadas con ceniza, a usar el áspero cilicio, a disciplinarse con correas de piel de onagro y permanecer horas enteras inmóviles sobre la estela de granito, con los brazos en cruz y todo el peso del cuerpo gravitando sobre una pierna. De él reciben también el consuelo y el valor que exigen tan recias mortificaciones: él, a la hora melancólica del anochecer, cuando el enemigo ronda entre las tinieblas, los entretiene y reanima contándoles doradas y dulces historias y hablándoles del fervor de las patricias romanas, que se retiraron al monte Aventino para cultivar dos virtudes: la castidad y la limosna. Al oír estos prodigios del amor divinal, los solitarios olvidan la tristeza, y la concupiscencia, domada, lanza espumarajos por sus fauces de dragón.

Pendientes de la palabra del santo monje, los solitarios no advierten que una aparición, bien extraña en el desierto, baja del montecillo y se les aproxima. Una carcajada fresca, argentina y musical como un arpegio, los hace saltar atónitos. Quien se ríe es una hermosa mujer.

De mediana estatura y delicadas proporciones, su cuerpo moreno, ceñido por estrecha túnica de gasa, color de azafrán, que cubre una red de perlas, se cimbrea ágil y nervioso, como avezado a la pantomima. Ligero zueco dorado calza su pie diminuto, y su inmensa y pesada cabellera negra, de cambiantes azulinos, entremezclada con gruesas perlas orientales, se desenrosca por los hombros y culebrea hasta el tobillo, donde sus últimas hebras se desflecan esparciendo penetrantes aromas de nardo, cinamomo y almizcle. Los ojos de la mujer son grandes, rasgados, pero los entorna en lánguido e iniciativo mohín; su boca, pálida y entreabierta, deja ver, al modular la risa, no solo los dientes de nácar, sino la sombra rosada del paladar. Agitan sus manos crótalos de marfil, y saltando y riendo, columpiando el talle y las caderas al uso de las danzarinas gaditanas, viene a colocarse frente al círculo de los anacoretas.

Algunos se cubren los ojos con las manos o se postran pegando al polvo la cara. Muchos permanecen en pie, hoscos, ceñudos, con las pupilas vibrando indignación. Uno, muy joven, tiembla, palidece y se coge a la túnica de piel de cabra del monje santo. Otro se desciñe las disciplinas de cuero que lleva arrolladas a la cintura con el ánimo de flagelar a la pecadora, y destrozar sus carnes malditas. El santo les manda detenerse por medio de una señal enérgica y, acercándose a la danzarina, exclama sin ira ni enojo:

-Hermana mía, ya sé quien eres. No te sorprendas: te conozco, aunque nunca te he visto. Sé también a qué vienes, y por qué nos buscas en esta soledad. Lo sé mejor que tú: tú crees que has venido a una cosa, y yo en verdad te digo que vienes, sin comprenderlo, a otra muy distinta. Hermanos, no temáis a la hermana: admirad sin recelo su hermosura, que al fin es obra de nuestro Padre. Miradla como yo la miro, con ojos puros, fraternales, limpios de todo infame apetito. ¿Sabéis el nombre de esta mujer?

-Yo, sí -contesta sordamente el jovencito, sin alzar la vista, sin soltar la túnica del monje-. Es la célebre cómica y bailarina a quien en Antioquia dan el sobrenombre de Margarita. Todos la adoran; Padre mío, todos se postran a sus pies; su casa parece templo de un ídolo, donde rebosan el oro y la pedrería. El diablo reside en ella y las abominaciones la ahogan y la arrastran al infierno. Retirémonos a nuestras chozas. Esta mujer infesta el aire.

El monje guarda silencio. Por último, y dirigiéndose a la comedianta, que ya no agita los crótalos ni ríe, murmura con bondad, casi familiarmente:

-Mujer, te llaman Margarita por tu beldad y porque tus amadores te han cubierto de perlas. Posees tantas como lágrimas hiciste derramar. Tus cofrecillos de sándalo y plata están atestados de riquezas. Por cada perla de esas que ganaste con el vicio, yo te anuncio que has de verter un río de lágrimas. No me mires con terror. Yo te amo más que esos que te ciñeron las sartas magníficas y te colgaron de las orejas soles de diamantes. Sí, te amo, Margarita; te esperaba ya. Ayer noche, cuando rodeada de diez a doce libertinos beodos apostaste que vendrías aquí a tentarnos, yo velaba y hacía oración en mi choza. De pronto, vi entrar por la ventanilla, revoloteando, una paloma, que más parecía un cuervo…, porque no era blanca, sino negrísima. La paloma se me posó en el hombro, arrullando y su pico de rosa me hirió aquí. Mira -el monje, apartando la túnica, muestra en el velludo pecho una señal, una doble herida roja, un profundo picotazo-. Cogí la paloma, y en vez de hacerle daño la sumergí en el ánfora donde conservamos el agua bendita para exorcizar. La paloma empezó a soltar su costra de negro fango y, blanqueando poco a poco, vino a quedar como la más pura nieve. Limpia ya, se me ocultó en el pecho…, durmió allí al calor de mi corazón amante, y por la mañana no la vi más. Tú eres ahora la paloma negra. Tú serás bien pronto la paloma blanca. Vuélvete a Antioquia; en la primera hondonada te aguardan tu silla de manos y sus portadores, y tu escolta y tus amigos y tus aduladores viles… Pero volverás, paloma mía negra; volverás a lavarte… ¡Hasta luego!

La danzarina mira al santo, incrédula, propensa todavía a mofarse, pero sintiendo la risa helada en la garganta y a la vez contemplando con horror y curiosidad la barba enmarañada y larga hasta la cintura, las demacradas mejillas, los brazos secos y descarnados y los ojos de brasa del asceta.

-¡Hasta luego, hermana! -repite él gravemente. Y con el dedo señala a la ladera del montecillo.

***

Pasan cuatro años. El santo monje, acompañado del joven solitario que con tanto miedo se agarraba a su túnica, va a orar a los lugares donde murió Cristo, y al pasar por el monte Olivete, poblado también, como el yermo, de gentes consagradas a la penitencia, se detiene ante una choza tan reducida, que no se creería vivienda de un ser humano. Al punto se abre una reja y asoma un rostro espantoso, el de una mujer momia, con la piel pegada a los huesos, los labios consumidos y los enormes ojos negros devastados por el torrente de lágrimas que sin cesar mana de ellos y cae empapando el andrajoso ropaje y el pelo revuelto, desgreñado y cubierto de polvo.

-¿De qué color estoy, padre mío? -pregunta con ansiedad infinita, en voz cavernosa, la penitente-. ¿Negra aún?

-Más blanca que la azucena; más que la túnica de los ángeles -responde el monje, e inclinándose con ternura imprime en la frente de la arrepentida el cristiano beso de paz; vuélvese después hacia el discípulo, que torvo aún por el rencor de las viejas tentaciones tiene fruncido el ceño, y murmura-. ¿No recuerda lo que dijo el Señor? Las mujeres a quienes los fariseos llaman perdidas nos precederán en el reino de los cielos.

Para que no dudéis de la verdad de las palabras del monje, añadiré que ésta es, sin variación esencial, la leyenda de la bienaventurada santa Pelagia, a quien hoy veneramos en los altares, y a quien apodaban La Perla cuando aplaudía sus pecaminosas danzas la capital de la tetrópolis de Siria.

Emilia Pardo Bazán
(Coruña, 1851-Madrid, 1921)

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Arturo Perez Reverte

In ALGO CIERTO, ALGO DE CUENTO on 2010-12-23 at 1:50

Si fuéramos conocedores de nuestra historia, ESPAÑA sería más grande y mejor .

Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El 16 de julio se cumplió el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad –seguro que el término les suena– contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa –también esto les suena, imagino– debilitada e indecisa.

Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas –tropas populares, para entendernos– y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes –Alfonso IX de León se quedó en casa–. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.

La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo –imagino que tendría otras cosas en la cabeza–, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros –porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros–; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VIII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.

¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.

La última visión

In ALGO DE CUENTO, LETRAS GALLEGAS on 2010-12-20 at 21:59

En la balanza de aquella vida que se extinguía, se nivelaban, por una parte, más de cincuenta años de un matrimonio pleno y feliz; por otra, una noche diferente y turbadora.

Y fueron las imágenes y aromas de aquella única noche las que desbordaron su corazón y atravesaron su memoria, antes de sumergirse en la Nada del Intiempo.

María Pilar Couceiro

La joven novia

In ALGO DE CUENTO on 2010-09-22 at 20:03

Dos monjes estaban peregrinando de un Monasterio a otro y durante el camino debían atravesar una vasta y escarpada región.

Un día, tras un fuerte aguacero, llegaron a un punto de su camino donde el sendero estaba cortado por un riachuelo convertido en un torrente a causa de la lluvia. Los dos monjes se estaban preparando para vadear, cuando se oyeron unos sollozos que procedían de detrás de un arbusto. Se acercaron y vieron que se trataba de una muchacha que lloraba desesperadamente. Uno de los monjes le preguntó cuál era el motivo de su dolor y ella respondió que, a causa de la riada, no podía vadear el torrente sin estropear su vestido de boda y al día siguiente tenía que estar en el pueblo para los preparativos. Si no llegaba a tiempo, las familias, incluso su prometido, se enfadarían mucho con ella.

Uno de los monjes no titubeó en ofrecerle su ayuda y, bajo la mirada atónita del otro religioso, la cogió en sus brazos y la llevó al otro lado de la orilla. Allí la dejó, deseándole suerte, y cada uno siguió su camino.

Al cabo de un rato, el otro monje comenzó a censurar la actitud de su compañero, especialmente por el hecho de haber tocado a una mujer, infringiendo así uno de sus votos. Pero el monje acusado huía de las discusiones y ni siquiera intentó defenderse de las críticas. Éstas prosiguieron hasta que los dos religiosos llegaron al Monasterio. Se presentaron ante el Abad y el segundo monje se apresuró a relatar al superior lo ocurrido en el río y a acusar vehementemente a su compañero.

Tras haber escuchado los hechos, el Abad sentenció: “Él ha dejado a la muchacha en la otra orilla, ¿acaso tú, aún la llevas contigo?”.

Marc E. Boillat de Corgemont Sartorio *

* Marc Boillat de Corgemont Sartorio es abogado internacionalista, doctorado en antropología criminal psicoanalítica, escritor y periodista.

Poema 4

In ALGO DE CUENTO, LETRAS PORTUGUESAS on 2010-06-18 at 18:53

El interrogatorio del hombre que salió de casa
después de la hora de recogida comenzó hace
quince días y aún no ha acabado…

Los inquisidores hacen una pregunta cada
sesenta minutos veinticuatro por día y exigen
cincuenta y nueve respuestas diferentes para cada una

Es un método nuevo

Creen que es imposible que no esté la respuesta
cierta entre las cincuenta y nueve que se dieron

Y cuentan con la perspicacia del ordenador
para descubrir cuál de ellas es y su relación con las
demás

Hace quince días que el hombre no duerme ni
dormirá mientras el ordenador no diga no
necesito más o el médico no necesito tanto

Caso en que tendrá su sueño definitivo

El hombre que salió de casa después de la hora
de la recogida no dirá por qué salió

Y los inquisidores no saben que la verdad está
en la sexagésima respuesta

Entretanto la tortura continuará hasta que el
médico declare

No vale la pena

JOSÉ SARAMAGO

A flor máis grande do mundo

In ALGO DE CUENTO, LETRAS PORTUGUESAS, NIÑOS on 2010-06-18 at 18:15

JOSE SARAMAGO

Noche de sexo y pasión

In ALGO DE CUENTO, ALGO DE HUMOR on 2010-05-27 at 9:40


RELATO ERÓTICO-FÍLMICO,

UN SUBGÉNERO LITERARIO QUE ACABO DE INVENTAR (CREO)

Mi nombre es Joe.

Un día, en Nueva York, con fuego en el cuerpo entré en la habitación en forma de «ele» donde mi rubia favorita y yo habíamos pasado los mejores años de nuestra vida.
Con aquella deliciosa persona iba a realizar todos los juegos prohibidos, iba a cumplir mi fantasía.
Serían las 8 1/2, de una jornada de un largo y cálido verano. En el calor de la noche, el apartamento de Manhattan estaba al rojo vivo; en las paredes se reflejaba el color púrpura del resplandor de las luces de la ciudad que entraban por la ventana indiscreta, porque era una habitación con vistas, aunque a malas calles.
Aquello no iba a ser un breve encuentro; la gran ilusión que yo tenía era que durase hasta octubre, que aquel amor a quemarropa fuese la historia interminable, como una cadena perpetua. Nunca diría adiós a mi concubina. Estaríamos encadenados de aquí a la eternidad.
Abrí la novena puerta con mi llave y entré. Lolita, todavía en la edad de la inocencia, me esperaba, con su cara de ángel, sobre un lecho de terciopelo azul, como una Eva al desnudo. (La verdad es que es una mujer para dos, porque tiene un lío en Río, pero ¡que el cielo la juzgue!, porque yo no lo haré.)
Pasé del cuarto protocolo y me salté la conversación. Mi masculinidad estaba gigante y me abalancé sobre ella a sangre fría, como un tiburón.
—¿Qué hago con esto? —preguntó.
—Agárralo como puedas —repuse.
Pero antes de que culmináramos nada oímos el golpe en la habitación de al lado. Se escuchaban gritos y susurros.
—Recuerda que no hay que hacer ruido —me dijo Lolita—. Respeta la ley del silencio.
Obedecí. Y, sin hacer caso del teléfono rojo que empezó a sonar, volví a mi labor. Pero, ¡qué noche la de aquel día! Nos interrumpieron de nuevo varias campanadas a medianoche. Luego, mis adorables vecinos protestaron: dieron más o menos los cuatrocientos golpes en el tabique. (¡Qué intolerancia! También el pianista del quinto toca el piano y yo no protesto.) Luego nos importunó la mosca dichosa. Después mi tío me llamó al móvil. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, me pregunté. Sin perdón, arrojé el teléfono contra la pared, con repulsión. ¡Y yo que pensaba que yo era como el paciente inglés, el hombre tranquilo por antonomasia!
Finalmente nos amamos hasta que cantaron los pájaros.
—Abre los ojos —me dijo ella el día después—. Eres el dormilón mayor que conozco.
—Es el sueño americano —me justifiqué.
Y nos dedicamos de nuevo a los trabajos de amor perdidos.

¡Qué bello es vivir!
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Enrique Gallud Jardiel

* Enrique Gallud Jardiel es escritor, dramaturgo y director de teatro.

El último ojal…

In ALGO AMOROSO, ALGO DE CUENTO on 2010-01-26 at 16:20

Fue el otro día, en Gijón. Era domingo y hacía sol, y la playa, y el paseo marítimo, estaban a tope de gente remojándose en el agua o apoyada en la barandilla de arriba, mirando el mar. Todo apacible y muy de color local, gente de allí en plan familiar, sin apenas guiris. Era agradable estar de codos en la balaustrada, observando la playa y las velas de dos barquitos que cruzaban lentamente la ensenada. Había una cría dormida sobre una toalla junto a la orilla, y chiquillos que alborotaban entre los bañistas, y jovencitas en púdicos bikinis y mamás y abuelas en bañador respetable que charlaban mojándose los pies. Y un niño rubito y tenaz, un tipo duro que había hecho un castillo de arena y estaba sentado dentro, reconstruyendo impasible la muralla cada vez que el agua la lamía, desmoronándola. Lo que, por cierto, no es mal entrenamiento de vida cuando apenas se han cumplido siete años.
La pareja no me habría llamado la atención -había docenas semejantes- de no ser porque vi el gesto de la mujer. Eran dos abueletes que habían estado un rato a remojo. Llevaba ella un vestido de esos veraniegos para señora mayor, estampado, con botones por delante, y una cinta en el pelo que le recogía el cabello gris. Era regordeta y menuda. Él estaba en bañador, calzón de playa de color discreto, y se abotonaba despacio, con dedos torpes, los botones de la camisa gris de manga corta. Tenía las piernas flacas y pálidas, de jubilado al que le queda verano y medio, y la brisa le desordenaba el pelo blanco alrededor de la frente salpicada, como sus manos, con las motas que la vejez imprime en la piel de los ancianos. Los dedos del hombre no acertaban con el último ojal, y vi que la mujer le apartaba delicadamente la mano y se lo abotonaba ella, y luego, con un gesto lento y tierno, le pasaba la mano por la cabeza como si quisiera arreglarle también un poco el pelo, peinárselo con los dedos y dejarlo un poco más guapo y presentable.
Me quedé mirándolos hasta que se alejaron camino de las escaleras, y aún vi que él se apoyaba en el hombro de ella para subir los peldaños. Y me dije: ahí los tienes, Arturín, toda la vida juntos, cincuenta años viéndose el careto cada día, y los hijos, y los nietos, y cállate y lo que yo te diga, y el fútbol, y aquella época en que él volvía tarde a casa, y el mal genio, y el verlo tanto en sus momentos de hombre que se viste por los pies como en los momentos de miseria; y en vez de despreciarlo de tanto asomársele dentro, de no aguantarlo por gruñón o por egoísta, ella aún tiene la ternura suficiente para ponerle bien el pelo después de abrocharle ese último botón en el ojal. Y a lo mejor él ha sido un tío estupendo o un canalla, y eso no tiene nada que ver, y resulta compatible con el hecho de que ella, que parió sola, que se calló por no preocuparlo cuando sintió aquel bulto en el pecho, que se ha estado levantando temprano toda la vida para tener paz en una cocina silenciosa, le siga profesando una devoción que nada tiene que ver con lo que llamamos amor; o a lo mejor resulta que el amor es eso y no lo otro, ese ejercicio de lealtad que puede consistir en repeinarlo con la mano y en decirle ponte guapo, Manolo. En que ella, que siempre fue al médico sola hasta cuando pensó que se iba a morir, entre la consulta con él y le diga siéntate aquí, anda, estate quieto, que ahora viene el doctor. En cerrarle con disimulo la bragueta cuando él sale a pasitos cortos del servicio. En decidarle una vida que él no siempre supo merecer.
Y ahora él depende de ella, y es ella la que lo sostiene como en realidad lo ha sostenido siempre. Y un día Manolo, o como se llame, dirá adiós muy buenas; y ella, que renunció a tantos sueños, que se impuso a sí misma un extraño deber unilateral, que no vivió nunca una vida propia que no fuera a través de él, se quedará de golpe quieta y vacía, perdida su razón de ser, con hijos y nietos que de pronto se antojan lejanos, extraños. Añorando la cadena que la ató recién cumplidos los veinte, cuando casarse, poner una casa, tener una familia, era un sueño maravilloso como el de las poesías y las películas. A lo mejor, antes de hacer mutis, él tiene tiempo, decencia y lucidez para darse cuenta de lo que ella fue en su vida. Y entonces echará una lagrimita y le dirá eso de que lamenta haberla tenido como una esclava, etcétera. Y ella, una vez más, se callará y le pondrá bien el pelo, para que agonice guapo, en vez de decirle: a buenas horas te das cuenta, hijo de la gran puta.

ARTURO P.REVERTE

El corazón perdido

In ALGO DE CUENTO on 2009-06-01 at 16:51

Yendo una tardecita de paseo por las calles de la ciudad, vi en el suelo un objeto rojo; me bajé: era un sangriento y vivo corazón que recogí cuidadosamente. «Debe de habérsele perdido a alguna mujer», pensé al observar la blancura y delicadeza de la tierna víscera, que, al contacto de mis dedos, palpitaba como si estuviese dentro del pecho de su dueño. Lo envolví con esmero dentro de un blanco paño, lo abrigué, lo escondí bajo mi ropa, y me dediqué a averiguar quién era la mujer que había perdido el corazón en la calle. Para indagar mejor, adquirí unos maravillosos anteojos que permitían ver, al través del corpiño, de la ropa interior, de la carne y de las costillas -como por esos relicarios que son el busto de una santa y tienen en el pecho una ventanita de cristal-, el lugar que ocupa el corazón.

Apenas me hube calado mis anteojos mágicos, miré ansiosamente a la primera mujer que pasaba, y ¡oh asombro!, la mujer no tenía corazón. Ella debía de ser, sin duda, la propietaria de mi hallazgo. Lo raro fue que, al decirle yo cómo había encontrado su corazón y lo conservaba a sus órdenes de si gustaba recogerlo, la mujer, indignada, juró y perjuró que no había perdido cosa alguna; que su corazón estaba donde solía y que lo sentía perfectamente pulsar, recibir y expeler la sangre. En vista de la terquedad de la mujer, la dejé y me volví hacia otra, joven, linda, seductora, alegre. ¡Dios santo! En su blanco pecho vi la misma oquedad, el mismo agujero rosado, sin nada allá dentro, nada, nada. ¡Tampoco ésta tenía corazón! Y cuando le ofrecí respetuosamente el que yo llevaba guardadito, menos aún lo quiso admitir, alegando que era ofenderla de un modo grave suponer que, o le faltaba el corazón, o era tan descuidada que había podido perderlo así en la vía pública sin que lo advirtiese.

Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y feas, morenas y pelirrubias, melancólicas y vivarachas; y a todas les eché los anteojos, y en todas noté que del corazón sólo tenían el sitio, pero que el órgano, o no había existido nunca, o se había perdido tiempo atrás. Y todas, todas sin excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón de que carecían, negábanse a aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya porque sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban injuriadas por la oferta, ya porque no se atrevían a arrostrar el peligro de poseer un corazón. Iba desesperando de restituir a un pecho de mujer el pobre corazón abandonado, cuando, por casualidad, con ayuda de mis prodigiosos lentes, acerté a ver que pasaba por la calle una niña pálida, y en su pecho, ¡por fin!, distinguí un corazón, un verdadero corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por qué -pues reconozco que era un absurdo brindar corazón a quien lo tenía tan vivo y tan despierto- se me ocurrió hacer la prueba de presentarle el que habían desechado todas, y he aquí que la niña, en vez de rechazarme como las demás, abrió el seno y recibió el corazón que yo, en mi fatiga, iba a dejar otra vez caído sobre los guijarros.

Enriquecida con dos corazones, la niña pálida se puso mucho más pálida aún: las emociones, por insignificantes que fuesen, la estremecían hasta la médula; los afectos vibraban en ella con cruel intensidad; la amistad, la compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo era en ella profundo y terrible; y la muy necia, en vez de resolverse a suprimir uno de sus dos corazones, o los dos a un tiempo, diríase que se complacía en vivir doble vida espiritual, queriendo, gozando y sufriendo por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan para extinguir la vida. La criatura era como vela encendida por los dos cabos, que se consume en breves instantes. Y, en efecto, se consumió. Tendida en su lecho de muerte, lívida y tan demacrada y delgada que parecía un pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron que lo que la arrebataba de este mundo era la rotura de un aneurisma. Ninguno (¡son tan torpes!) supo adivinar la verdad: ninguno comprendió que la niña se había muerto por cometer la imprudencia de dar asilo en su pecho a un corazón perdido en la calle.

EMILIA PARDO BAZÁN

Todos diferentes..todos iguales

In ALGO DE CUENTO on 2009-05-04 at 11:43

—Mamá, ¿qué es aquello? —preguntó el joven arcturiano, apuntando con dos tentáculos de color rosado, indicación clara de que aún estaba en una etapa asexuada de su evolución.
—No se debe apuntar —corrigió la madre, moviendo una de las antenas de visión hacia la dirección indicada. Enfocando el ojo multifacetado, observó lo que había provocado el espanto del producto de su huevo más reciente.
El hijo mayor, que se distraía saltando sobre tres tentáculos cada vez, miró y dijo, exhibiendo los conocimientos adquiridos en una clase de exobiologia: —Son bípedos. ¿De dónde vendrán, papá?
El padre arcturiano esclareció a su familia.
—En “Noticias de Arcturus” se habló de ellos. Son de un planeta llamado Tierra, que orbita una estrella llamada Sol, en la periferia de la galaxia. Vinieron en misión de contacto y no deben ser hostilizados.
—¿Son buenos para comer? —preguntó el hijo, con el apéndice succionador pulsando por anticipado.
—¿No te enseñaron en la escuela que no se debe comer a otras especies inteligentes? —amonestó la madre.
—Vamos a continuar nuestro paseo —ordenó el padre, y la familia prosiguió su desplazamiento por la avenida marginal, cruzándose con otros miembros de su especie, que saludaban utilizando el ritual que correspondía a la jerarquía relativa, establecida por el riguroso (y muy complejo) protocolo arcturiano. Los más pequeños se adelantaron mientras jugaban a que el hijo mayor fingía anudar dos tentáculos del más joven, que escapaba dando chillidos de satisfacción.
Y dijo la madre arcturiana: —No comenté nada para no impresionar a los pequeños, pero ellos son tan… anormales, que hasta sentí ondulaciones en la epidermis. Imagina, sólo cuatro tentáculos, ¡y dos de ellos reservados para la locomoción!
—Yo no soy xenófobo —replicó el padre arcturiano—, pero no me parece bien que el Consejo Octópodo autorice la entrada de alienígenas en zonas de la ciudad tradicionalmente reservadas al ocio familiar.

Los cuatro terrestres disfrutaban de la primera salida de la nave después del largo viaje. Sergei Schmidt, germano-ruso, el ingeniero de sistemas, filmaba el mar en diversas gamas de frecuencia, pues estaba intrigado con la fosforescencia que por momentos aparecía en la superficie líquida.
Al llegar a la cima de la colina, ingresaron a la avenida que parecía ser un lugar de paseo muy apreciado por los indígenas. Brigitta Eco, exo-bióloga, hija de padre sueco y madre italiana, ajustó la visera del casco para utilizar el modo telescópico, observó unos momentos los arcturianos y exclamó:
—¡Miren qué chiflados son los pequeños!
Joshua Makulela era el jefe de la misión. El transmisor insertado en el oído emitió un estallido y él tuvo que prestar atención a los mensajes que enviaba el control de la nave, informaciones de rutina, confirmación de la reunión el día siguiente con el Consejo Octópodo. Cuando terminó la transmisión, comenzó a oír la conversación que Takuji Barbosa mantenía con Brigitta:
—(…) y antes de entrar a la universidad, mis padres me mandaron un año a Japón. Me quedé en casa de mi abuelo, que era pescador en la isla de Rishiri, próxima al extremo norte de Hokkaido, y fui con él algunas veces pescar lulas gigantes. Eran muy parecidas a estos pulpos andantes; la pesca era trabajosa, pero se obtenían de ellos unos bifes exquisitos. Será que estos…
El nipobrasileiro interrumpió la frase y soltó una carcajada, mirando la expresión de incomodidad del rostro de Brigitta, que además de todo era vegetariana. El jefe se sintió en la obligación de intervenir:
—Barbosa —el tratamiento por el apellido demostraba que estaba molesto —otro comentario políticamente incorrecto como ese ¡y me veré obligado a registrarlo en el diario de bordo!

Traducción del portugués: GvH

Autor João Ventura