julymurillo

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Esos sueños de plata…

In LETRAS GALLEGAS on 2015-03-14 at 11:41

piluka2Esos sueños de plata
que van configurando su estructura
en la pequeña mente, recién viva…


¿Qué lejano vestigio se quedara escondido
de estas primeras luces?
Quizá una melodía, o un aroma, o un beso

si el ámbito es amable;

pero también, el hambre, la zozobra

si el entorno es hostil.

Estampas indelebles
marcando sus improntas en la breve experiencia
de unos días escasos, pero fundamentales.


Al paso de los tiempos, renacerán memorias
entre brumas secretas,
tejidas sobre urdimbre de emociones
que nadie entenderá, porque son ráfagas
cruzando el pensamiento, tan veloces,
tan fugitivas, tan inconstructibles…


Pero ése es el bagaje de la herencia,
ésa que nos define.

María del Pilar Couceiro, Primeras luces

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Cuando la fuerza amaina….

In LETRAS GALLEGAS on 2014-04-19 at 22:48

piluka2       Cuando la fuerza amaina y la esperanza yace,

       vencida por el tiempo;

       cuando cada sonrisa se rebela

       y es tan fácil ceder a lo insalvable;

       si cada referencia va quedando más lejos

                                                    después de haber perdido tantos amados rostros,

                                                    tantas voces queridas, tantas manos mimosas;

                                                   cuando el cuerpo se agita y el corazón fluctúa,

                                                   vencido por la sangre;

                                                   cuando el alba anticipa cada noche,

                                                   es tan fácil ceder al desaliento;

                                                  si cada nuevo día adelanta el poniente

                                                  después de haber perdido nutridas primaveras,

                                                  generosos veranos, esplendores nocturnos,

                                                 de improviso, un reflejo se rompe en arco iris

                                                 devolviendo una imagen diluida en el éter,

                                                  focalizando tactos, esparciendo sonidos,

                                                 encendiendo rincones de un volcán reanimado.

                                                Tú eres el milagro de mis últimos sueños.

.

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María Pilar Couceiro,

Ποιος σαν το Θεό¿Quién como Dios?”

La paloma negra

In ALGO DE CUENTO, LETRAS GALLEGAS on 2014-01-16 at 19:52

emilia pardo bazanSobre el cielo, de un azul turquí resplandeciente, se agrupaban nubes cirrosas, de topacio y carmín que el sol, antes de ocultarse detrás del escueto perfil de la cordillera líbica, tiñe e inflama con tonos de incendio. Ni un soplo de aire estremece las ramas de los espinos; parecen arbustos de metal, y el desierto de arena se extiende como playazo amarillento, sin fin.

Los solitarios, que ya han rezado las oraciones vespertinas, entretejido buen pedazo de estera y paseado lentamente desde el oasis al montecillo, rodean ahora al santo monje del monasterio de Tábenas, su director espiritual, el que vino a instruirlos en vida penitente y meritoria a los ojos de Dios. De él han aprendido a dormir sobre guijarros, a levantarse con el alba, a castigar la gula con el ayuno, a sustentarse de un puñado de hierbas sazonadas con ceniza, a usar el áspero cilicio, a disciplinarse con correas de piel de onagro y permanecer horas enteras inmóviles sobre la estela de granito, con los brazos en cruz y todo el peso del cuerpo gravitando sobre una pierna. De él reciben también el consuelo y el valor que exigen tan recias mortificaciones: él, a la hora melancólica del anochecer, cuando el enemigo ronda entre las tinieblas, los entretiene y reanima contándoles doradas y dulces historias y hablándoles del fervor de las patricias romanas, que se retiraron al monte Aventino para cultivar dos virtudes: la castidad y la limosna. Al oír estos prodigios del amor divinal, los solitarios olvidan la tristeza, y la concupiscencia, domada, lanza espumarajos por sus fauces de dragón.

Pendientes de la palabra del santo monje, los solitarios no advierten que una aparición, bien extraña en el desierto, baja del montecillo y se les aproxima. Una carcajada fresca, argentina y musical como un arpegio, los hace saltar atónitos. Quien se ríe es una hermosa mujer.

De mediana estatura y delicadas proporciones, su cuerpo moreno, ceñido por estrecha túnica de gasa, color de azafrán, que cubre una red de perlas, se cimbrea ágil y nervioso, como avezado a la pantomima. Ligero zueco dorado calza su pie diminuto, y su inmensa y pesada cabellera negra, de cambiantes azulinos, entremezclada con gruesas perlas orientales, se desenrosca por los hombros y culebrea hasta el tobillo, donde sus últimas hebras se desflecan esparciendo penetrantes aromas de nardo, cinamomo y almizcle. Los ojos de la mujer son grandes, rasgados, pero los entorna en lánguido e iniciativo mohín; su boca, pálida y entreabierta, deja ver, al modular la risa, no solo los dientes de nácar, sino la sombra rosada del paladar. Agitan sus manos crótalos de marfil, y saltando y riendo, columpiando el talle y las caderas al uso de las danzarinas gaditanas, viene a colocarse frente al círculo de los anacoretas.

Algunos se cubren los ojos con las manos o se postran pegando al polvo la cara. Muchos permanecen en pie, hoscos, ceñudos, con las pupilas vibrando indignación. Uno, muy joven, tiembla, palidece y se coge a la túnica de piel de cabra del monje santo. Otro se desciñe las disciplinas de cuero que lleva arrolladas a la cintura con el ánimo de flagelar a la pecadora, y destrozar sus carnes malditas. El santo les manda detenerse por medio de una señal enérgica y, acercándose a la danzarina, exclama sin ira ni enojo:

-Hermana mía, ya sé quien eres. No te sorprendas: te conozco, aunque nunca te he visto. Sé también a qué vienes, y por qué nos buscas en esta soledad. Lo sé mejor que tú: tú crees que has venido a una cosa, y yo en verdad te digo que vienes, sin comprenderlo, a otra muy distinta. Hermanos, no temáis a la hermana: admirad sin recelo su hermosura, que al fin es obra de nuestro Padre. Miradla como yo la miro, con ojos puros, fraternales, limpios de todo infame apetito. ¿Sabéis el nombre de esta mujer?

-Yo, sí -contesta sordamente el jovencito, sin alzar la vista, sin soltar la túnica del monje-. Es la célebre cómica y bailarina a quien en Antioquia dan el sobrenombre de Margarita. Todos la adoran; Padre mío, todos se postran a sus pies; su casa parece templo de un ídolo, donde rebosan el oro y la pedrería. El diablo reside en ella y las abominaciones la ahogan y la arrastran al infierno. Retirémonos a nuestras chozas. Esta mujer infesta el aire.

El monje guarda silencio. Por último, y dirigiéndose a la comedianta, que ya no agita los crótalos ni ríe, murmura con bondad, casi familiarmente:

-Mujer, te llaman Margarita por tu beldad y porque tus amadores te han cubierto de perlas. Posees tantas como lágrimas hiciste derramar. Tus cofrecillos de sándalo y plata están atestados de riquezas. Por cada perla de esas que ganaste con el vicio, yo te anuncio que has de verter un río de lágrimas. No me mires con terror. Yo te amo más que esos que te ciñeron las sartas magníficas y te colgaron de las orejas soles de diamantes. Sí, te amo, Margarita; te esperaba ya. Ayer noche, cuando rodeada de diez a doce libertinos beodos apostaste que vendrías aquí a tentarnos, yo velaba y hacía oración en mi choza. De pronto, vi entrar por la ventanilla, revoloteando, una paloma, que más parecía un cuervo…, porque no era blanca, sino negrísima. La paloma se me posó en el hombro, arrullando y su pico de rosa me hirió aquí. Mira -el monje, apartando la túnica, muestra en el velludo pecho una señal, una doble herida roja, un profundo picotazo-. Cogí la paloma, y en vez de hacerle daño la sumergí en el ánfora donde conservamos el agua bendita para exorcizar. La paloma empezó a soltar su costra de negro fango y, blanqueando poco a poco, vino a quedar como la más pura nieve. Limpia ya, se me ocultó en el pecho…, durmió allí al calor de mi corazón amante, y por la mañana no la vi más. Tú eres ahora la paloma negra. Tú serás bien pronto la paloma blanca. Vuélvete a Antioquia; en la primera hondonada te aguardan tu silla de manos y sus portadores, y tu escolta y tus amigos y tus aduladores viles… Pero volverás, paloma mía negra; volverás a lavarte… ¡Hasta luego!

La danzarina mira al santo, incrédula, propensa todavía a mofarse, pero sintiendo la risa helada en la garganta y a la vez contemplando con horror y curiosidad la barba enmarañada y larga hasta la cintura, las demacradas mejillas, los brazos secos y descarnados y los ojos de brasa del asceta.

-¡Hasta luego, hermana! -repite él gravemente. Y con el dedo señala a la ladera del montecillo.

***

Pasan cuatro años. El santo monje, acompañado del joven solitario que con tanto miedo se agarraba a su túnica, va a orar a los lugares donde murió Cristo, y al pasar por el monte Olivete, poblado también, como el yermo, de gentes consagradas a la penitencia, se detiene ante una choza tan reducida, que no se creería vivienda de un ser humano. Al punto se abre una reja y asoma un rostro espantoso, el de una mujer momia, con la piel pegada a los huesos, los labios consumidos y los enormes ojos negros devastados por el torrente de lágrimas que sin cesar mana de ellos y cae empapando el andrajoso ropaje y el pelo revuelto, desgreñado y cubierto de polvo.

-¿De qué color estoy, padre mío? -pregunta con ansiedad infinita, en voz cavernosa, la penitente-. ¿Negra aún?

-Más blanca que la azucena; más que la túnica de los ángeles -responde el monje, e inclinándose con ternura imprime en la frente de la arrepentida el cristiano beso de paz; vuélvese después hacia el discípulo, que torvo aún por el rencor de las viejas tentaciones tiene fruncido el ceño, y murmura-. ¿No recuerda lo que dijo el Señor? Las mujeres a quienes los fariseos llaman perdidas nos precederán en el reino de los cielos.

Para que no dudéis de la verdad de las palabras del monje, añadiré que ésta es, sin variación esencial, la leyenda de la bienaventurada santa Pelagia, a quien hoy veneramos en los altares, y a quien apodaban La Perla cuando aplaudía sus pecaminosas danzas la capital de la tetrópolis de Siria.

Emilia Pardo Bazán
(Coruña, 1851-Madrid, 1921)

Solsticio

In LETRAS GALLEGAS on 2013-12-20 at 9:07

avatar_piluca_150x150

Si el sol pudiera reír de nuevo con una risa humilde,
sin pretensiones vanas de infinito;
sería mediatarde en nuestras manos,
tal vez, una caricia salteada
devolviendo el color, por un momento
a los ojos cerrados de tantas luces huecas,
una caricia lejos de futuros,
que encienda unos segundos la carne amortecida
impulsando los ritmos del hastío
para que marquen una danza breve.

Se queda una palabra perdida entre los fuegos oscilantes,
descansando en los límites de cafés reiterados,
de cigarrillos cómplices.
Hay huellas en la alfombra, hay perfume en el aire
y ese gesto continuo de las manos
que buscan más allá de atardeceres.

Si el sol pudiera reír de nuevo con una risa oscura,
un instante después del despertar,
rapsodia de tristezas, despojo de reencuentros.
Eso no es la nostalgia
los rescoldos del sueño no viven de certezas,
sino que reconstruyen desde la realidad de este momento,
aunque las densas gotas de la Muerte desciendan por las horas,
aunque lo turbador de la evidencia se vista de ficciones
sólo porque una cita postergada
vuelve a ser inminente.

María Pilar Couceiro

Sobre el acorde inmenso de la Tierra…

In LETRAS GALLEGAS on 2013-06-28 at 8:56

avatar_piluca_150x150Sobre el acorde inmenso de la tierra,

nos hemos emplazado como cómplices

para amar esta noche a otro cuerpo distinto,

para decir un nombre diferente

mientras besos y vino se van entrelazando

por las urdimbres de la madrugada.

La piel, estremecida,

tendrá otro terciopelo al acudir el vórtice nocturno;

la voz, descoyuntada,

llenará con su grito oídos ignorados,

ajenos a ese nodo de silencio,

acotación de espacio compartido.

Amor como ficción, sin la antigua sustancia,

entre caricias hábiles de atracción y rechazo,

mientras permanecemos

para intentar el punto de lo inmóvil

y quedarnos intactos

al último temblor de cada noche.

Perdido en ese cuerpo generoso,

nuestro cuerpo intuido se trasluce

por rincones ocultos,

un reino de ficciones, nuestro universo vivo,

rodeando los núcleos del último contacto

todavía habitante de nuestra trayectoria.

Tal vez, sólo actuamos como células muertas

y hay una pestilencia de recuerdos gastados

en la coraza del escepticismo, pero somos impulso

si el capricho de nuestros electrones

se levanta con fuerza recobrada

del jirón fastidioso de la muerte.

Y, como consecuencia, nada importa: la nuestra

es una posesión salvaje, ilimitada, ronca,

más allá de otros cuerpos y otros nombres,

más allá, incluso, de nosotros mismos.
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María del Pilar Couceiro

Un rostro nada más…

In LETRAS GALLEGAS on 2013-03-30 at 20:51

Avatar_Piluca_150x150Un rostro nada más,
de lirios y marfiles, en silencio,
en medio de una nube, sólo un rostro
que ayer aún era vida, todo vida,
demasiada para permanecerse.
Atrás queda la angustia
del devenir incierto, de la magia.

Lo decidiste todo por ti misma,
rizaste sola el quiebro del destino,
tu muerte es sólo tuya.
Pertenecías a la vida misma,
por eso te cansaste de tanta dependencia.
Ahora decides, mandas.

Por fin, ya no hay fantasmas,
fantasmas-bisturí,
fantasmas-pieza-insulsa-de-hospital,
ni fantasmas-idea (los peores).
Quedaba sólo uno, el fantasma del Fin, y ya no existe,
venciste tú, tan frágil y tan joven,
lo despeñaste todo. Todo, y tú con ello,
pero sólo la idea se ha estrellado,
entre la indiferencia de una acera temprana,
mientras emerges sola en el triunfo.

Y sólo queda un rostro, un rostro de tristísima victoria.
Todas las rosas sobre tu rostro amado.

Mirad, están llorando nueve palomas blancas.
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Pilar Couceiro.

A Vos Señora Abadesa.

In LETRAS GALLEGAS on 2012-11-16 at 12:33

A vos, Señora Abadesa,

de Don Fernando Esquío,

estos presentes envío,

porque yo sé que sois esa

doña que bien lo mereces:

cuatro carajos franceses

y dos para la prioresa.

Pues que sois amiga mía,

no quiero el gasto mirar,

y os quiero esto regalar

con toda la urgente guía:

cuatro carajos de mesa,

que me los dio una burguesa,

en sendas vainas de lía.

Muy bien se parecerán

si es que acarrean cordones

de dos pares de cojones;

y ahora os los voy a dar:

cuatro carajos asnales

enmangados en corales,

con los que cortéis el pan.

Fernando Esquío (Galicia siglo XIII) Cantiga 147
.
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A vos, Dona Abadesa,
de mim, Don Fernando Esquío,
estas doas vos envío,
porque sei que sodes esa
dona que as merecedes:
catro carallos franceses
e dous aa prioresa.

Pois sodes amiga miña,
non quero a custa catar,
quérovos xa esto dar,
ca non teño al tan axiña:
catro carallos de mesa,

que me deu unha burguesa,
dous e dous en a baíña.

Mui ben os semellaran
ca se quer levan cordóns
de sendos pares de collons;
agora vólos darán:
catro carallos asnáis
enmangados en coraís,
con que collades o pan .

Fernando Esquío (Galicia siglo XIII) Cantiga 147

.
.
.
.
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Además de las sentimentales Cantigas d´Amor y Cantigas d´Amigo,

nuestros trovadores medievales gallegoportugueses cultivaban

el arte de las Cantigas d´ escarnho e de mal dizer para las que no

tenían pelos en la lengua (ni en la pluma), a la hora de tratar

los temas más procaces con toda naturalidad.

En los versos siguientes, el poeta refiere que había enviado a

una amiga suya, abadesa por más señas, cuatro extraños

artilugios para servicio íntimo de las damas que no podían

(o no querían) tener acceso a varón. Se trata de un instrumento

de origen francés, que fácilmente se adivina.

Estos príapos de artificio, cada uno en su funda,

primorosamente bordada, adornaban los tocadores de las señoras.

(Pilar Couceiro )

No xardín unha noite sentada

In LETRAS GALLEGAS on 2012-08-18 at 17:47


No xardín unha noite sentada
ó refrexo do branco luar,
unha nena choraba sin trégolas
os desdés dun ingrato galán.
I a coitada entre queixas decía:
“Xa no mundo non teño ninguén,
vou morrer e non ven os meus ollos
os olliños do meu doce ben”.
Os seus ecos de malenconía
camiñaban nas alas do vento,
i o lamento
repetía:
“¡Vou morrer e non ven ó meu ben!”

Lonxe dela, de pé sobre a popa
dun aleve negreiro vapor,
emigrado, camiño de América
vai o probe, infelís amador.
I ó mirar as xentís anduriñas
cara a terra que deixa cruzar:
“Quen pudera dar volta -pensaba-,
quen pudera convosco voar!…”
Mais as aves i o buque fuxían
sin ouír seus amargos lamentos;
sólo os ventos
repetían:
“¡Quen pudera convosco voar!”
Noites craras, de aromas e lúa,
desde entón ¡que tristeza en vós hai
prós que viron chorar unha nena,
prós que viron un barco marchar!…
Dun amor celestial, verdadeiro,
quedou sólo, de bágoas a proba,
unha cova
nun outeiro
i on cadavre no fondo do mar.

Manuel Curros Enríquez
CÁNTIGA (5 de xuño de 1869)

Estásimo de Viernes Santo

In LETRAS GALLEGAS on 2012-04-06 at 9:56


Estrofa

Los sueños niños se sabe que son sueños.

Un niño siempre es rey del pragmatismo.

Conoce todo aquello que oscila por su mundo,

en su zona más dura.

Pero juega.

Descubre la ficción, la fantasía,

y como está tan cómodo,

se instala en esa rueda de quimeras

como si de verdad fueran posibles.

Y el juego es tan perfecto que lo cree,

aunque intuye también que ese juego termina,

como todos, por puro aburrimiento.

Hay que cambiar de juego

y la etapa siguiente es la verdad,

la verdad percibida y relegada,

en espera de un tiempo conveniente,

el Tiempo de la Vida.
.

Antistrofa
.

De los sueños adultos se sabe que no son sino visiones.

Un adulto es hipótesis

y no comprende nada de ese mundo que no le pertenece,

ni siquiera distingue la belleza.

Pero juega.

Olvida la ficción, la fantasía,

y como está tan tenso,

se agita en esa rueda de fijezas

como si de verdad fueran posibles.

Y el juego es tan perfecto que lo cree,

aunque intuye también que ese juego se alarga,

como todos, por puro automatismo.

Tal vez habría que cambiar de juego,

pero ¿y si la verdad está acechando,

la verdad conocida y relegada,

que descubre ese tiempo inconveniente,

el Tiempo de la Muerte?
.

Epodo
.

Sólo la poesía templando sueños niños;

sólo la poesía temblando sueños rotos;

y desde la extensión de los milenios,

el silencio perverso, pavoroso, impasible,

de los dioses de todas las culturas.
.

María Pilar Couceiro

© Couceiro 2012

La dama que yo amo y tengo por Señor…

In LETRAS GALLEGAS on 2012-03-02 at 11:11

La dama que yo amo y tengo por Señor,

Dios mío, mostrádmela, así me hacéis favor

si no, dadme la muerte.

La que tengo por lumbre de estos ojos míos,

que lloran sin cesar, mostrádmela, Dios mío,

si no, dadme la muerte.

Ésa que Vos hicisteis de mejor parecer

de todas cuantas hay, hacédmela ver

si no, dadme la muerte.

Ésa que más que a mí me hicisteis amar,

mostrádmela, ¡Ay, Dios! porque le pueda hablar,

si no, dadme la muerte.
.
.
.
.

.A dona que eu am’ e tenho por senhor

amostrade-mh-a, Deus, se vos en prazer for,

se non dade-mh-a morte.

A que tenh’ eu por lume d’ estes olhos meus

e por que choran sempr’, amostrade-mh-a, Deus,

se non dade-mh-a morte.

Essa que vós fezestes melhor parecer

de quantas sey, ay, Deus!, fazede-mh-a veer,

se non dade-mh-a morte.

Ay, Deus! que mh-a fezestes mays ca min amar,

mostrade-mh-a hu possa con ela falar,

se non dade-mh-a morte.

Bernal de Bonaval

Trovador gallegoportugés (Santiago de Compostela, siglo XIII)