julymurillo

En nombre de mi misma

In LETRAS ESPAÑOLAS on 2015-07-22 at 10:15

llarina

Los platos sucios se acumulan en la cocina; la rabia en la habitación. Sólo cuando tu camisón destiñe lágrimas rojas, te acuerdas de nuestras madres que lucharon por nosotras. La pila de cacharros se hace cada vez más grande, y tu cada vez más pequeña. La casa es ahora una extraña amiga a la que te has acostumbrado tras años de mudas conversaciones. Sus paredes blancas han adquirido un rancio color amarillo, y a veces te preguntas si es que acaso están enfermas. “Quizás son mis ojos los que no ven bien”, te dices de vez en cuando, mientras observas tu pálido reflejo en el espejo. Sabes que no es posible que tu cara sea más blanca que el marfil, pero todos los días bebes un elixir de vinagre que veneras cual talismán.

Cuando despiertas cada mañana él te mira con impaciencia. A veces te quedas dormida, pensando en tu zona segura, tu mundo privado, tus sueños que sólo son tuyos. Pero para disfrutar de tu más profunda esencia tienes que pagar un alto precio: los niños y tu marido lanzan palabras como flechas, y tú no las puedes esquivar. Te hieren de nuevo, a ti y a todas las madres que una vez hablaron por encima del hombre. “Mamá, el desayuno” y “Cariño, la corbata de rayas” suenan en tu cabeza como una campanilla abusona persiguiendo delantales rotos. Debes estar feliz por tener una familia, una casa y unos hijos, pues eso es lo que dicen los que tienen el privilegio de llamarse sabios. Sin embargo, te sientes más vacía cuando todos están despiertos, a tu lado, y te asusta este sentimiento de apatía sin razón aparente. Entonces buscas respuesta en las revistas, la televisión, y en paredes amigas. Todas te dicen que estás equivocada, que la vida que tienes es la máxima aspiración, y te sugieren que pienses en cosas más importantes como preparar la comida y hacer las camas. Pero antes, claro está, debes cubrirte el rostro apagado con los cosméticos más eficaces, tal y como las modelos de las revistas te han enseñado.

Entras en la cocina y las bolsas de basura se han multiplicado. El olor nauseabundo que expulsa te atrapa y te estrangula. “Por mucho que trabaje siempre hay algo que fregar, remendar o planchar”, susurras a la pared, que parece escucharte con detenimiento. Una vez más, te sometes al círculo doméstico y trabajas para él, mimándolo, queriéndolo, hablándolo. Solo cuando ves la casa resplandecer, aunque solo sea por un corto periodo de tiempo, te sientes liberada. Pero, de repente, las motas rojas del camisón se revelan y te gritan: “¿quién eres tú, hermana, que contribuyes a tu destrucción y el olvido de nuestros derechos? ¿En el nombre de quién existes?”. Nunca sabes qué responder. Para ti es normal ser lo secundario, lo marginal y lo sumiso porque así te han educado. Esperas que las paredes respondan por ti, pues estás segura que su silencio es mejor argumento que el tuyo. Pero la casa queda impasible y pierde su brillo repentinamente ante tus ojos. “Quizás he estado ciega todo este tiempo”, comienzas a decir en voz alta. Y envuelta por una fuerza y ardor recién encontrados, te diriges al baúl del dormitorio y rebuscas con nerviosismo, guiada por una voz interior que acaba de salir de tu zona privada, ajena a tu familia.

Empuñas el martillo grande, tosco y viejo de tu marido con las dos manos. Sabes que no tienes mucho tiempo, por eso corres hasta la pared más sucia, amarilla y agrietada de todas, que casualmente está junto a la puerta principal. La casa entera retumba cuando lanzas el primer golpe contra el muro. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Golpeas insistentemente la que había sido una pared silenciosa, una falsa amiga. La sangre corre por tus venas y hasta tu rostro cobra un color rosado. Tu marido y los niños vienen ya, pero tú sigues. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Oyes las llaves introduciéndose en la ranura, pero falta muy poco. Tan poco…

Un gran trozo de la pared se desprende y cae al suelo al mismo tiempo que tu marido entra en la casa. Rápidamente atraviesas el agujero y te quedas en el pasillo del edificio, con la respiración entrecortada y llena de júbilo. Los vecinos asustados han salido a ver lo que pasa, pero para ti ellos no existen. Tu marido, con los ojos desorbitados, te mira aterrorizado. Tus hijos se ríen ante lo peculiar de la situación. Él se dirige a ti y te ruge con violencia: “¡En el nombre de Dios! ¿Pero qué has hecho?”. Tú te ríes y sus palabras rebotan contra el camisón, que ahora brilla con un intenso rojo carmín. Tus palabras suaves están llenas de paz y seguridad. Traspasan cuerpo y alma, quedando por encima de él cuando finalmente respondes: “¡En el nombre de mi misma, liberarme!”.

Llarina Pérez Salazar,

nacida el 8 de Mayo de 1993 en Madrid, estudió un Grado de Estudios Ingleses en la Universidad Complutense de Madrid. Desde muy pequeña, demostró tener talento para el dibujo, escritura y el canto. Formó parte del coro en el Colegio Luz Casanova, que ganó numerosos premios en los villancicos de Navidad de la Arganzuela. En 2001, el alcalde José María Álvarez del Manzano le otorgó el tercer premio al mejor dibujo de la futura plaza Santa María de la Cabeza, en un concurso organizado por La Casa del Reloj. En 2005 empezó a participar en varios concursos de la revista para jóvenes artistas ¡Dibus!, ganando varios premios y publicando sus dibujos en varias ocasiones. Hasta ese momento había escrito historias infantiles junto a sus dibujos, pero nunca se había animado a mostrarlas al público. Fue en 2009 cuando se decidió a participar en el Certamen Cultural CREA y ganó un premio a la mejor carta de amor, titulada Servilleta de Papel. En 2014 obtuvo dos premios de canto a la mejor dicción japonesa en los famosos eventos de Expocómic y Chibi Japan Weekend. En 2015 ganó un concurso internacional de canto en japonés y publicó sus poemas en varias antologías, como Poesía eres TÚ, Poesía Tiempo Nuevo, Microrelatos y El País de los Poetas. Finalmente, quedó como finalista en el concurso literario de Booktráiler, organizado por el Instituto de Juventud de Extremadura, con su interpretación de la conocida obra de Robert Louis Stevenson, Doctor Jekyll y Mr. Hyd

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